viernes, 17 de junio de 2011

25


     En un jardín, un Maidana de unos cuatro años. La boca abierta, la vista al cielo. Una mano alzada, como declamando.
     —¿Acá qué estabas haciendo? —preguntó Angeleri—. ¿Cantando?
     Maidana vio la foto y se rió.
     —No, estaba recitando un versito que me había enseñado mi tía… «En el cielo, las estrellas; en el campo, las espinas; y en el centro de mi pecho, una cagada de gallina.»
     Nos reímos.
     —¿Tenés alguna foto de tu tía?
     —Sí.
     La buscó.
     —Acá hay una.
     —Así que esta es la famosa tía…
     —¿Cómo se llama?
     —Carmen.
     —Por fin la conocemos…
     —Es la hermana de…
     —Mi mamá.
     —¿Vive por acá?
     —No. Vive en Mar del Plata.
     —Te llevás re-bien con ella, ¿no?
     —Sí… La quiero mucho…
     —¿Y acá? ¿Estás jugando a los Titanes en el Ring?
     Maidana está caminando con los brazos extendidos hacia delante.
     —No, boludo; me estoy haciendo el sonámbulo.
     —Ah…
     —A veces me iba así hasta la pieza de mis papás para hacerles creer que caminaba dormido. Los despertaba y les decía cosas extrañas.
     —¿Como las que escribís? —pregunté.
     Maidana se rió.
     —No. Les hablaba de tesoros escondidos y cosas así. Me había copado con las historias de piratas y estaba todo el día rompiendo las bolas con eso.
     —Yo era sonámbulo en serio.
     —¿Sí?
     Angeleri asintió con la cabeza.
     —¿Y qué hacías? —le pregunté.
     —De todo. Caminaba, hablaba, comía…
     —Qué loco… —dijo Maidana—. Nunca conocí a alguien que fuera sonámbulo.
     —Una vez me levanté a la noche, me puse el uniforme del colegio y la mochila, y me metí en un placard. —Nos reímos—. Al día siguiente no me encontraron y se pegaron un cagazo bárbaro. Hasta llamaron a la policía.
     —¿Y ya no te pasa?
     —No, me pasó hasta los diez más o menos.
     Maidana está haciendo combatir a un He-Man contra un Batman.
     —¿No te importaba que fueran de distinto tamaño? —le pregunté.
     —¿Eh?
     —Si no te molestaba que los muñecos de distintos dibujos animados vinieran de distinto tamaño. ¿No ves que acá He-Man parece un gigante?
     —No, a mí no me importaba. Yo hacía que eran de otro tamaño porque vivían en diferentes universos. O que viajaban a otra dimensión y se achicaban, o se agrandaban. Cosas así…
     —A mí sí me molestaba; yo no los mezclaba. Salvo los de las Tortugas Ninja y los de He-Man, por ejemplo, que medían más o menos lo mismo. Si no, me parecía que unos eran normales y los otros, enanos…
     —Yo sí los mezclaba —intervino Angeleri—. A los más grandes los sostenía más lejos y a los más chicos, más cerca. Así los veía del mismo tamaño.
     —Pero no se podían tocar…
     —Yo hacía como que sí… Por ejemplo, agarraba a este Batman —señaló la foto— y lo ponía acá, y al He-Man acá. Hacía como que Batman golpeaba y a He-Man lo hacía caerse como si le hubieran pegado, ¿entendés?
     —Sí.
     —Yo hasta les cambiaba las cabezas —dijo Maidana, y se rió.
     —Eso es otra cosa —le dije—. Yo también lo hacía. Para un cumpleaños me habían regalado dos muñecos de He-Man repetidos. Man-At-Arms creo que era, que encima me parecía un personaje re-boludo. A uno le saqué la cabeza y le puse la de un bebito de mi hermana. —Maidana y Angeleri se rieron—. Jugaba a que era deforme.
     —¿Acá estás jugando con la comida?
     Maidana está sosteniendo los cubiertos como si fueran muñecos. En el tenedor hay un pedazo de salchicha con puré. Más atrás se lo ve al padre comiendo, la vista fija en el plato.
     Maidana se rió.
     —Sí.
     —¿Y a qué jugabas?
     Maidana se seguía riendo.
     —Jugaba… Jugaba a que el tenedor era una mujer. La comida era el pelo… Yo me lo comía y la mujer quedaba pelada… —Nos reímos—. Y el cuchillo era el novio y se burlaba de ella…
     —Qué hijo de puta…
     —¿Pero vos qué eras? —preguntó Angeleri—. ¿Un monstruo?
     —No. Yo era yo nomás.
     —Porque yo jugaba a que era un monstruo espacial y los pedazos de comida eran extraterrestres.
     Me reí.
     —¡Boludo, yo jugaba a lo mismo!
     —¡¿En serio?!
     —¡En serio, boludo! Jugaba a que el tenedor era una nave que yo mandaba para atrapar a los extraterrestres.
     Angeleri se rió.
     —Yo hacía al revés. En mi juego el tenedor era la nave de ellos. Venían a atacarme y yo me los comía.
     —Qué loco… Jugábamos a lo mismo…
     —Otras veces jugaba a que mi perro era un monstruo —dijo Angeleri—. Una vez le di a He-Man para que lo mordiera. Hice como que Skeletor se lo ofrecía en sacrificio. —Nos reímos—. ¡Me lo hizo mierda! Después le pedí a mi vieja que me comprara otro. «Jodete por no cuidar tus cosas», me dijo, y no me compró un carajo. 
     —Yo también maltrataba los juguetes —dijo Maidana señalando los muñecos mutilados de la estantería.
     —Antes le había dado otros muñecos al perro; pero siempre de los truchos, esos que son como de plástico blando…
     —¿Y nunca te lo volvió a comprar?
     —No, porque después, cuando me iban a regalar un muñeco, siempre terminaba eligiendo otro. Me daba pena tener a He-Man hecho mierda, pero prefería comprar alguno que no tenía… Igual lo seguía usando… Hacía que se había salvado del monstruo pero había quedado todo lastimado.
     Nos reímos.
     —Yo una vez quemé unos soldaditos —dije—. Mi abuela se había comprado una de esas cocinas que vos apretás un botón y se encienden las hornallas y, cuando no me miraban, me puse a jugar a que los soldados caían en una trampa. —Maidana y Angeleri se rieron—. Me quedaron todos deformados, pero yo también los seguía usando. Hacía poco había visto un documental sobre la bomba atómica y jugaba a que los soldados habían sufrido mutaciones.
     —Qué hijo de puta…
     —Yo también quemaba muñecos —dijo Maidana—, pero unos de papel que hacía yo mismo. Copiaba personajes de Patoruzú o de Condorito y los recortaba. Hasta les hacía casas y muebles con cajitas de remedios y las de caldos Knorr.
     —¿Cuánto tiempo estabas haciendo eso?
     —Y… Horas…
     —¿Y todo para después quemarlo?
     —Sí. Pero no lo quemaba enseguida; lo quemaba al final del juego.
     —¿A qué jugabas?
     —A que los personajes vivían todos juntos y se peleaban.
     —¿Y por qué se incendiaba la casa?
     —A uno de los muñecos lo dibujaba feo a propósito y a veces lo hacía desnudo. Entonces los otros se reían de él y lo humillaban.
     Nos reímos.
     —Yo hacía que los otros muñecos humillaban al de la cabeza de bebé —dije.
     Maidana y Angeleri se rieron.
     —¿Pero eso qué tiene que ver con el incendio? —preguntó Angeleri.
     —Los otros se burlaban hasta que el desnudo se volvía loco y quemaba la casa —respondió Maidana.
     Nos reímos.
     —Como Carrie… —dije.
     —Sí, pero, en vez de matarlos con la mente, los quemaba con un fósforo que era una antorcha… Otras veces hacía que Dios les incendiaba la casa como castigo pero se llevaba al desnudo para salvarlo.
     —¿Y lo guardabas para otro juego?
     —A veces, pero casi siempre lo quemaba también. Hacía que entraba a la casa para buscar algo o que se distraía y se quedaba parado cerca. O si no, que Dios lo castigaba por reírse de los malos.
  Nos reímos.
  —¿Vos cuando jugabas hablabas de vos o de tu? —pregunté.
     —De tu —respondió Maidana.
     Me reí.
     —Lo mismo que yo.
     —Yo también —dijo Angeleri—. Y claro… Si en todos los dibujitos hablan de tu.
     —¿Y qué le decían al desnudo? —pregunté.
     Maidana puso voz de malo.
     —¡Eres feo! ¡Mira: se te ve el pito!
     Nos cagamos de la risa.
     —¿Y el desnudo que decía?
     —¡Por favor! —dijo Maidana con voz aguda—. ¡Quiero tener ropa como ustedes! ¡Déjenme ser su amigo!
     Tardamos bastante en recuperar el aliento.
     —Algunas veces hacía los muñecos con escarbadientes.
     —Yo me hacía unos con huevos —dije.
     —¿Con los tuyos? —me preguntó Maidana y se rió solo.
     —¿Qué hacías? ¿Les dibujabas las caritas? —me preguntó Angeleri.
     —Sí. Y los cuerpos. Con marcador.
     —Venían unos muñecos con forma de huevo.
     —Sí —dijo Maidana—. Yo tenía de esos.
     —Yo también —dije—, y los míos los hacía para jugar con esos.
     —¿Qué usabas? ¿Huevos duros?
     —No. Crudos nomás.
     —¿Y no se te rompían? —me preguntó Angeleri.
     Maidana se rió solo.
     —Los rompía a propósito como parte del juego —dije—. Con esos muñecos me habían regalado un avión.
     —Yo también tenía uno. Parecían hueveras.
     —Entonces yo hacía que el avión se caía y que los muñecos de huevo eran los que se morían.
     Nos reímos.
     —¡Qué enchastre que debías hacer!…
     —Sí… Y yo jugaba a que todo era sangre… Si no, otra cosa que hacía era clavarles algo y jugar a que los habían acuchillado.
     —Qué hijo de puta…
     —Che, ¿y jugaban con los Playmobil? —pregunté.
     —¡Seeeee! —dijo Maidana y se puso a buscar en un cajón. Nos mostró unos Playmobil sin pelo. A uno le faltaba un brazo y el otro tenía la cara pintada con marcador verde.
     Nos reímos.
     —¡Los hacías mierda, hijo de puta!
     —Yo siempre me quise comprar el barco pirata —dije—. Guardaba toda la plata que me regalaban mis familiares, pero, cada vez que estaba por llegar, el barco aumentaba…
     —Sí… Era caro…
     —Al final me cansé y use la plata para comprarme varias cosas más chicas… Una vez fui a la casa de un compañero de la escuela y lo tenía. El hijo de puta le había quemado las velas jugando al abordaje.
     Maidana y Angeleri se rieron.
     —¡Mirá lo que me hiciste acordaaar! —exclamó Angeleri—. En casa teníamos unos pececitos. Yo a veces jugaba a que los Playmobil los pescaban. ¿Vieron que hay unas redecitas con manija para cambiarlos de lugar cuando limpiás la pecera? Bueno, yo hacía que los pescaban con eso. Un día se me cayó uno y se lo comió el gato.
     Nos reímos.
     Seguimos mirando las fotos.
     —¿Te tapás el ojo para hacer que tenés un parche?
     Maidana se rió.
     —Sí.
     Maidana está en cueros. Con una mano se tapa un ojo y con la otra empuña una cuchara de madera. Al lado suyo hay otro nene, disfrazado de pirata. Tiene sombrero, parche, pata de palo, garfio… Solamente le falta el loro.
     —Este pibe era re-amarrete. Le habían comprado el equipo de pirata y no me prestaba nada. Me hacía poner un pañuelo de la madre y me daba esa cuchara… Cuando la madre me veía, me quitaba las cosas y encima me retaba a mí.
     Nos reímos.
     —Cuando me preguntaban qué quería ser de grande, yo decía pirata —dijo Angeleri—. Y mi papá siempre hacía el mismo chiste. «Escuchalo: quiere ser político», le decía a mi mamá, y yo no entendía…
     —Yo quería ser presidente o astronauta.
     —Yo entendía que podía elegir cualquier cosa y contestaba hormiga —dijo Maidana—. O silla.
     Nos cagamos de la risa.
     —En la primaria le empecé a tener miedo a este muñeco.
     Maidana está vestido con guardapolvo de jardín de infantes. En la mano tiene un pitufo. Su mamá está en cuclillas abrazándolo.
     —¿Por lo que decían de los pitufos? —pregunté.
     —Sí. Tenía un compañero que estaba todo el día contando historias de muñecos de pitufos que mataban a los dueños.
     —Cómo rompían las bolas con eso… —dijo Angeleri.
     —¿A vos también?
     —Sí…
     —Al principio yo no le creía nada, pero después me empezó a agarrar miedo. Entonces agarré al muñeco y lo enterré en el patio… Después de unos días lo fui a buscar y ya no estaba. Mi mamá lo había encontrado y se lo había regalado al hijo de unos vecinos. Como no me dijo nada, yo creí que se había escapado… —Angeleri y yo nos reímos—. Boludo, dormía con una linterna y, cuando escuchaba un ruido, alumbraba pensando que iba a ver al pitufo…
     Nos cagamos de la risa.
     —Yo de chico le tenía miedo a mi bisabuela —dijo Angeleri.
     Me reí.
     —¿A tu bisabuela?
     —Si, boludo; me parecía rara. Era muy vieja y muy flaca y estaba siempre callada… Me acuerdo que un día, sin darme cuenta, entré al baño cuando estaba ella… Me sonrió y trató de tocarme. Yo me puse a gritar y salí corriendo.
     Nos cagamos de la risa.
     —Me hicieron acordar de una —dije—. Cuando éramos chicos, mi hermana le tenía miedo a la oscuridad. Entonces nos acostábamos con la luz encendida y, cuando nos dormíamos, mis viejos la apagaban. Algunas veces mi hermana se despertaba en medio de la noche y se pasaba a mi cama. Al otro día yo sentía el colchón mojado y era que mi hermana se había meado.
     Se cagaron de la risa.
     —Te lo merecías por lo de los caramelos de menta —me dijo Maidana.
     Sonreí.
     —¿Qué es lo de los caramelos de menta? —preguntó Angeleri.
     —¿No te contó?… Contale, Miguel.
     —A mi hermana no le gustaban los sugus de menta y yo, para joderla, les cambiaba el papel.
     —Qué hijo de puta…
     —La pobre los escupía y se ponía a llorar.
     —Yo a mi hermana también le hacía jodas —dijo Angeleri. Tenía una hermana de veintipico—. Una vez le hice creer que me había roto la nariz. Había leído en una revista un truco para hacer como que te golpeabas con la puerta.
     —¿Cómo era? —preguntó Maidana.
     —Era una boludez: ponías el pie adelante para frenarla y te tirabas para atrás como si te pegara.
     —¿A ver?
     Maidana se levantó y fue hasta la puerta de la habitación.
     —Cuidado, boludo; no te vayas a golpear en serio… Primero tenés que poner el pie y medir con la puerta para poner la cara un poco más atrás.
     —¿Cómo?
     —Así. Prestame.
     Angeleri le mostró.
     —A ver, hacelo —dijo Maidana.
     Angeleri fingió que se daba la puerta en la cara. Maidana se mató de la risa.
     —¡Está bárbaro! A ver, dejame a mí.
     Le salió casi tan bien como a Angeleri.
     —Después te tenés que agarrar la nariz.
     Maidana se seguía riendo.
     —¡Se lo tengo que hacer a alguien!
     Lo hizo un par de veces más y seguimos con las fotos.
     —¿Qué tenés en la mano?
     Maidana está andando en triciclo.
     —Una tortuga. No sabés, boludo: cuando andaba rápido, la tortuga se meaba.
     Nos reímos.
     —¿En serio?
     —En serio, boludo; te dabas vuelta y veías el hilito de pis…
     —¿Cómo se llamaba? —preguntó Angeleri.
     —Manuelita.
     —Qué original, como la mía… Todavía me acuerdo cuando se murió… Un día vinieron unos amigos de mis viejos con el hijo y yo se la quise mostrar. Fui al patio y no la encontraba por ningún lado. En eso la veo en un cantero. Yo pensé que estaba dormida… Cuando la voy a levantar, veo que le empiezan a salir lombrices por todos lados.
     Angeleri se interrumpió. Seguí su mirada y vi al padre de Maidana, parado en la puerta. Era igual a él pero más robusto. Nos observaba en silencio; me hizo acordar al viejo de Astrábalon. Después de unos segundos se fue. Caminaba tambaleándose. Se llevó una silla por delante, entró a su habitación y dio un portazo. Maidana miraba el piso.
     —¡Perro! —se escuchó que gritaba el padre. Al rato repitió—: ¡Perro!
     Arrastraba las erres.
     A la tercera, Maidana se levantó y salió de la pieza. A través de la pared se escuchaban los gritos del padre. No se entendía lo que decía. También se escuchaba la voz de Maidana. De reojo vi que Angeleri me miraba, pero me hice el boludo. Alcancé a comprender algunas palabras sueltas. El padre decía algo de las fotos y de esos pendejos de mierda. Algo golpeó la pared; parecía un despertador de los viejos. Se escuchó otro golpe y Maidana pegó un grito. Después, absoluto silencio. Con Angeleri nos miramos. Pasaron unos minutos y escuchamos que el padre lloraba.
     Maidana entró a la habitación.
     —Van a tener que irse. Perdón…
     Tenía la cara inexpresiva, pero le temblaba un poco la voz.
     Cuando íbamos para la avenida, Angeleri intentó hablar del tema.
     —Qué loco, eh… —me dijo. Yo ni lo miré—. Con razón… Ya me parecía raro que la otra vez no nos dejara entrar…

lunes, 13 de junio de 2011

24


     —Vos estudiate las cinco primeras —me dijo Angeleri—, pero el resto leelo. La mina dice que todos tienen que saber todo y tal vez te hace una pregunta de otro tema. Vos, Cristian, estudiate de la seis a la… —Se dio vuelta y no lo encontró—. ¡¿Será posible que siempre se esconda cuando tenemos que arreglar algo?!
   Retrocedimos media cuadra, pero no lo encontramos. Lo llamamos sin obtener respuesta. Del lado de enfrente venían algunos de los pibes.
     —¿Lo buscan al puto? —preguntó el Tano—. Está escondido detrás del Renault 18.
     Sentí vergüenza ajena.
  —Nosotros nos vamos al Disco a tomar una coca. Si querés después pasate, Olarticoncha.
     —Bueno —dije.
     —Sabés dónde queda, ¿no?
     Asentí con la cabeza.
     Cuando lo encontramos detrás del auto, Maidana se cagó de la risa. Arreglamos lo de la lección de geografía y nos separamos de él en la puerta de su casa. Al principio con Angeleri caminamos en silencio. En un momento abrió la boca para decir algo, pero después dudó y la volvió a cerrar.
     —¿Vas a venir mañana? —me preguntó después de un rato.
     Al día siguiente había prueba de historia.
     —Sí —le respondí.
     —El otro día la de biología preguntó por vos —dijo sin mirarme—. Le extrañó que hayas faltado…
     No le contesté.
     —Dijo que la otra vez te había creído lo de la enfermedad, pero que ya era la segunda vez que faltabas a una prueba…
     —¿Y qué carajo le importa a esa vieja pelotuda?
     —Dijo que desde que te cambiaste de banco estás distinto. «Tan buen alumno que era…», dijo. «Juntarse con ese grupito no le está haciendo nada bien.»
     Lo miré.
     —¿Qué querés que te diga? —prosiguió—. Para mí tiene razón… Sos un boludo, Miguel. Si seguís así te vas a llevar la mitad de las materias.
     —¿Y vos qué te metés?
     —Te lo digo por tu bien; sería una pena que repitas.
     —¿Qué sos? ¿Mi vieja?
     —Está bien, no te enojés… No te digo nada más…
     En la avenida nos despedimos y me fui para el Disco. Encontré a los pibes sentados en la entrada. Cuando el Gato me vio se puso a aplaudir.
     —¡Viniste, Olarticoncha! ¡¿Cuándo te vas a dejar de juntar con el puto y el Balín?!
     Me senté sin decir nada.
     —¿Por qué no la hacés más fácil y les decís los dos putos? —preguntó Lautaro.
     —Porque uno es puto y el otro es balín nomás —dijo el Gato.
     Lautaro se rió.
     —¿Y no es lo mismo, boludo?
     —No, no es lo mismo. Ser puto es ser puto. Ser balín es… ser delicado… ponerse ropita como la que usa él… qué sé yo… hacer gestos de mina… ¿No viste cómo mueve las manos cuando habla?
     —Ser balín es ser manerado —intervino Javier.
     —¿Ser qué? —preguntó Benzaquén.
     —Ser manerado… Afeminado… Lo que dice el Gato.
     Lautaro se cagó de la risa.
     —¡A-manerado, animal! ¡No manerado!
     Los pibes se rieron.
     —¡Anotate esa, Mandibulón!
     —¡Qué hijo de puta! ¡Manerado!
     —Bueno, che…
     —Encima la dijiste dos veces, así que no te equivocaste. Pensabas que se decía así.
     —¿Seguro que no se dice así?
     —Te digo que no, boludo…
     —¿Pero no viene de manera?
     —¿Y eso qué tiene que ver? Afeminado viene de femenino y no se dice feminado
     —¿Manera de qué? —preguntó Benzaquén.
     —Manera de puto —respondió el Gato, y todos se rieron.
     —¿No la vas a anotar en tu planillita de las equivocaciones, Mandibulón?
     Javier no respondió.
    —Che, Olarticoncha, ¿no te hacés unas caricaturas de Maidana y del Balín? —me preguntó el Gato.
     —No sé hacer caricaturas…
     —Dale, boludo; si es fácil… A Maidana lo hacés bien cabezón y con los bigotitos de Cantinflas. Al Balín le hacés la nariz enorme y la boquita de minita. Después se la pintamos con marcador rojo.
     Los pibes se rieron.
     —No me van a salir, boludo…
     Mentira. Una vez les había hecho unas y me habían salido bastante bien. Las tenía guardadas en mi casa.
     —Che, ¿quién tiene la cabeza más grande? —preguntó Lautaro—. ¿El Cabezón o Maidana?
     —Me parece que Maidana.
     —A mí me parece que la tienen igual. Lo que pasa es que Maidana tiene el cuerpo más chico.
     —Sí… Es re-deforme…
     Se rieron.
     —¿No me hacés unas caricaturas de los de Attaque? —me preguntó Javier, y me mostró una foto que tenía pegada en la carpeta.
     No me salen, pelotudo. ¿No escuchaste?, pensé, pero le dije:
     —No me van a salir…
     —Hacelos como te salgan…
     —¿Por qué no le dejan de romper las pelotas con los dibujitos? —intervino el Tano—. Están todo el día «Haceme esto», «¿No me hacés esto otro?» —dijo con voz de mogólico—. Vos les tenés que decir que te chupen la pija, Olarticoncha; pero que te la chupen bien chupada.
     Me reí pero no dije nada.
     —¿No te buscás otra coca, Benzaquén?
     —¿Por qué yo?
     —Porque estás parado.
     —Bueno, pero dame la plata.
     —Che, ¿no te venderán una birra?
     —No creo…
     —¿Por qué no probás? Vos parecés más grande.
     —Como quieran…
     —Tomá dos pesos más y comprá algo para comer.
     —Che, el viernes es mi cumpleaños —me dijo Javier—. El sábado los pibes se vienen para casa. Voy a hacer unos patys a la parrilla. ¿Te prendés?
     —Dale…
     —Uy, con suerte las volvemos a ver a tus vecinitas… —dijo Lautaro.
     —¿Qué vecinitas? —preguntó el Gato.
     —¿Este no te contó nada?
     —No…
     —Uuh, no sabés… El otro día fui a la casa de este y subimos a la terraza. En un momento me asomo para el fondo y veo dos rubias terribles tomando sol en el patio de una casa.
     —¿Qué edad tenían?
     —Y… Unos veinte… Pero pará que te termino de contar.
     —Dale.
     —La cosa es que nos pusimos a escuchar música y a comer unos patys, y cada tanto nos asomábamos para mirar a las minitas, ¿no?
     —¿Y?
     —No sabés, boludo… En una nos asomamos y se habían puesto en tetas.
     —¡Nooooo! ¡¿En serio?!
     —En serio, boludo… Yo no lo podía creer… Además no sabés qué tetas. Parecían de película porno.
     —Noo, chabóoon… ¿Por qué no me invitaste, Javier?…
     —Si te invité, boludo; fue el sábado que no podías porque tenías partido.
     —Me tendrías que haber dicho que tenías tan buena vista…
     Nos reímos.
     —¿Y estuvieron mucho tiempo en tetas?
     —Más o menos. En un momento nos vieron y se metieron para adentro.
     —Nooo… Qué boludos que soon… Ahora no se ponen en tetas nunca más…
     —Volví a mi casa con la pija así… Me tuve que hacer como veinte pajas para bajarla…
     —Che, no hablen de pajas que va a aparecer Tortonese…
     Nos reímos.
     —No le vayan a decir lo del cumpleaños, eh… —dijo Javier—. A ver si se prende…
     —No es mal pibe —dijo el Gato.
     —No, malo no es… Es pelotudo nomás.
     —¿A Boglioli lo invitaste?
     —No. Con él está todo bien, pero si lo invito seguro que le cuenta a Tortonese.
     —¡¿Te podés callar un poquito, Olarticoncha?! —me dijo el Gato—. ¡No nos dejás hablar!
     Se rieron.
     —¿Y a las minas? —preguntó Lautaro—. ¿Las invitaste?
     —No… —dijo Javier—. ¿Para qué?
     —¡¿Cómo para qué?! ¡Qué pajero que sooos! ¡¿Estás todo el día tocando culos y no sos capaz de invitar a las minas?!
     —¿Vos te pensás que si las invito van a venir?…
     —Probar no cuesta nada, boludo…
     —Para mí que Mikaela se prende —dijo el Gato.
     —Y Caferri también —dijo Lautaro.
     —No, a Caferri no le digan que se va a venir con Pescadito y seguro que se prende Tortonese —dijo Javier.
     —Decile a Mikaela, entonces —dijo Lautaro.
     —Decile vos, boludo…
     —Vos la tenés que invitar; sos el dueño de la casa…
     —¡Ah, me decís pajero a mí pero no te animás a invitarlas!
     —¡¿Qué me decís?! ¡Si vos tampoco te animás!
     —No es que no me animo, boludo; yo prefiero una reunión de amigos.
     —Una reunión de amigos… Encima de pajero, puto…
     Se rieron.
     —Qué cagada que no tengas hermana, Mandibulón… Va a haber un olor a huevos…
     —El Tano tiene —dijo Javier—. Nos puede traer a la suya.
    —Por mí cogétela —le retrucó el Tano—. En una de esas se tranquiliza, la muy histérica…
     —No sabía que tenías hermana… —dijo el Gato—. ¿Está buena?
     —¿Qué querés que te conteste? ¿Que me quiero garchar a mi hermana?
     —Y… Si yo tuviera una, le pediría que por lo menos me la chupe un poco… 
     Nos reímos.
     —Che, Olarticoncha… ¿Y qué onda la mina de tu edificio? ¿Está buena?
     Empecé a sentirme incómodo.
     —Sí…
     —¿Cómo es?
     La describí bien diferente a Lezcano para no despertar sospechas.
     —¿Y? ¿Ya la encaraste?
     —Estoy en eso.
     —¿Qué quiere decir estoy en eso?
     —Que estoy preparando la situación…
     —Uh, este es de los tuyos, Javier…
     Se rieron. Benzaquén volvió con una coca y un paquete de papas fritas.
     —¿No te quisieron vender?
     —No.
     —Qué ortibas…
    —Che, ¿me quieren decir qué carajo le vio Pescadito al boludo de Tortonese? —dijo Lautaro.
     —Y… Es como dicen los Redonditos de Ricota —dijo Benzaquén—: las minitas aman los payasos y la pasta de campeón.
     —¿Qué pasta de campeón?
     —Lo digo por lo de payasos…
     —Ah…
     —¿Vos te pensás que van a durar? —intervino el Tano—. Cuando la mina se dé cuenta de lo pelotudo que es, lo manda a la mierda.
     —Che, a Fernández tampoco le digan —dijo Javier.
     —¿Por? —le preguntó Lautaro.
     —No me lo banco…
     —No seas forro; invitalo… Es un chabón copado…
     —Es insoportable.
     Lautaro se rió.
     —No te lo bancás porque te jode con Dos Minutos.
     —No es por eso, boludo…
     —¿Entonces?
     —Bueno, está bien… —dijo Javier con desgano—. Decile, si querés…

viernes, 10 de junio de 2011

23


     Jerónimo está a la izquierda de Mendoza. Tiene la sonrisa amplia y es de porte varonil. Todas le elogiaban el hoyuelo en el mentón, a pesar de que a veces se burlaban del de Fernández.



   La Torre de los Tormentos. Al verla recuerdo mi dibujo. Pienso en los demonios arrancándole la lengua al cadáver y un frío repentino recorre mi espalda. Temo por la vida del Turco. Un camino nos lleva a la puerta. Atravesarla sería un suicidio. Rodeamos la torre buscando otro modo de entrar. Si tomamos por sorpresa a los demonios, tal vez tengamos oportunidad de derrotarlos. Oculta por la maleza, encontramos la entrada de un túnel que se interna en la oscuridad. Tiendo la cuerda de mi arco; pero en vez de lanzar una flecha, la sostengo para ir iluminando nuestro camino.
     «Anden con cuidado», les digo a mis compañeros, «podría ser una trampa».
     No hemos dado ni veinte pasos cuando sentimos un chasquido.
     «Mierda…», dice alguien.
   Acto seguido, un estampido hace temblar las paredes y después comenzamos a escuchar un sonido como de piedra arrastrándose sobre la piedra. Intento avanzar, pero me lo impide una pared que antes no estaba. Otra nos bloquea la salida. Esa fue la causa del estampido. Tardamos unos segundos más en descubrir el origen del otro sonido. Cuando lo hacemos, se nos hiela la sangre. Las paredes laterales se están cerrando sobre nosotros. Arrojo algunas flechas contra la pared de adelante sin lograr destruirla. Lo intento con las otras y el resultado es el mismo. Javier y el Tano están paralizados por el terror.
     «¡Prueben con sus armas!», les grito.
    Desesperadamente, golpean las cuatro paredes. No logran hacerles mella. Tampoco Fernández con sus rayos. Deben estar protegidas por alguna magia poderosa.
     «¡Vamos a morir aplastados!», grita alguien.
     No parece haber modo de evitarlo. El ancho del túnel ya se ha reducido a dos metros. Algunos lloran. Yo también siento el impulso de hacerlo, pero me contengo. Si he de morir, lo haré con dignidad. Lezcano parece pensar lo mismo. En silencio se acerca a mí y me rodea con sus brazos.
   Escucho un zumbido a mis espaldas. Me volteo esperando encontrar otra trampa mortífera, pero no es eso lo que veo. La vara de Lautaro está emitiendo un leve resplandor. Repentinamente, se estira hasta que sus extremos hacen tope contra las paredes. Se arquea, parece que va a quebrarse, pero finalmente el avance se detiene. Lautaro mira la vara, perplejo.
    «Tenías razón», me dice. «No quiero ni imaginarme cómo habríamos terminado si la hubiese tirado.»
   «No es momento de pensar en eso», digo. «Tenemos que salir de acá. Algo que pisamos activó el mecanismo de la trampa; tenemos que encontrar algo que la desactive.»
     Registramos el túnel. Tortonese empuja una piedra y las paredes de los extremos se elevan hasta desaparecer a través de unas aberturas que hay en el techo.
     «¿Y ahora?», me pregunta el Tano. «¿Avanzamos o retrocedemos?»
     «No creo que haya otra forma de entrar», le respondo, «y si la hay, no creo que sea más segura que esta».
     «¿Qué hago con la vara? ¿La dejo?», me pregunta Lautaro.
     «No, traela. Si las paredes se siguen moviendo, tenemos tiempo suficiente como para salir del túnel.»
     Lautaro toma la vara y esta se contrae hasta volver a su tamaño original. Las paredes permanecen inmóviles.
     «¿Cómo hiciste para saber cómo se usaba?», pregunta Javier.
     «No hice nada en especial…», le responde Lautaro. «Estaba pensando cómo hacer para salvarnos y de repente se alargó…»
     «Lo mismo que me pasó a mí con el tridente», interviene Fernández. «La primera vez fue como si se disparara solo.»
     Lautaro intenta estirar la vara sin lograrlo.
     «Y ahora no la puedo hacer funcionar…»
     «Ya le vas a agarrar la mano», le dice Fernández. «Yo tuve que practicar bastante.»
     Seguimos avanzando. A unos metros, el túnel tuerce a la izquierda y desemboca en una escalera que asciende en espiral. Con mucha precaución comenzamos a subirla. Momentos después Lezcano se detiene.
     «Escuchen», susurra.
     Aguzamos el oído. Alguien está llorando. El sonido proviene de arriba.
     «El Turco…», dice el Tano con desprecio.
     Reanudamos el ascenso. A medida que subimos, el llanto se hace más audible. Más adelante se le suma otro sonido, una especie de croar.
     «¿Y eso?», pregunta el Gato.
     Nadie le responde.
     En un momento, el Tano me sujeta del hombro y señala hacia delante. Desde donde estamos, podemos divisar una puerta al final de la escalera. El llanto y el croar han cesado.
     «Preparen sus armas», les digo a mis compañeros, y avanzamos con más cautela que antes.
     «¡Chicos!», nos grita una voz familiar cuando atravesamos la puerta.
     «¡Jerónimo!», exclamamos desconcertados.
     Está encerrado en una jaula que cuelga del techo por medio de una cadena.
     «¡Ayúdenme, chicos! ¡Por favor!», nos implora, y comienza a llorar otra vez.
     «Así que eras vos…», dice el Tano por lo bajo.
     Intento calmar a Jerónimo, pero es en vano.
    «¡Esto es espantoso! ¡Está todo lleno de monstruos!», aúlla. «¡Diablos! ¡Ranas que hablan! ¡Quiero volver a mi casa!»
     Su voz se va tornando más estridente hasta que se transforma en un chillido inarticulado. Pienso en la Chilindrina y no puedo evitar sonreírme.
    «Si vuestro amigo no cierra la boca, no tardaremos en tener a los demonios encima», nos dice una voz a nuestras espaldas.
    Solo en ese momento nos percatamos de que tenemos compañía; hay otro prisionero encerrado en una jaula similar a la de Jerónimo. Podría decirse que es un ser humano, de no ser por su cabeza de rana.
     «¿Por qué no hacéis algo en vez de quedaros ahí parados?», nos dice.
     «¡Basta, Jerónimo!», digo. «¿No oíste? ¡Si seguís gritando van a venir los demonios y no vamos a poder hacer nada para salvarte!»
     Jerónimo se tapa la boca con ambas manos y me mira con ojos desorbitados.
     «Así está mejor. A ver cómo hacemos para sacarte de ahí…»
     «Haceme piecito que le doy con el garrote a la cerradura», me dice Javier.
     «Eso haría demasiado ruido», nos dice el hombre rana.
     «¿Entonces qué hacemos?»
     «¿El mago no conoce ningún hechizo para abrir cerraduras?»
     «¿Qué mago?», pregunta el Gato mirando hacia todos lados. «Ah, yo…», dice al descubrir que todos tenemos la vista fija en él.
     Tímidamente, se quita el sombrero. Piensa un momento, traga saliva y recita:
     «Sombrero de locura, dame una llave para esta cerradura».
     Mete la mano en el sombrero y saca de él una pico de loro.
     «¿Qué es eso?», pregunta el hombre rana.
     El Gato no sabe qué responder.
     «Haceme piecito», me dice. «Voy a ver si puedo desarmar la cerradura con esto.»
     Lo miro con escepticismo pero accedo a su pedido.
     «¡Qué olor!», exclama cuando se cuelga de los barrotes. «¡Este hijo de puta se cagó!»
     «¡Con eso no vas a poder!», le grita Jerónimo al verlo con la pico de loro en la mano, y rompe en llanto nuevamente.
     La de historia nos había contado que antes de ser preceptor trabajaba en una cerrajería.
     «¡¿En qué habíamos quedado, Jerónimo?!», digo.
     Siento que algo vibra sobre mi cadera.
     «¿Qué es ese zumbido?», pregunta alguien.
     «Es mi daga», respondo.
     Cuando la desenvaino, se alarga hasta convertirse en una espada. Frente a mí hay una gran puerta de hierro. Sus hojas se abren con estruendo y tres demonios irrumpen en el recinto. Tienen la piel negra y alas de murciélago, como los que se llevaron al Turco. Esgrimen espadas en llamas. Los tres vienen hacia mí. No sé si podré con ellos. El primero es derribado por un rayo de Fernández, se estrella contra una de las paredes. Los otros dos no se detienen. Me cubro con el escudo del Turco para protegerme de un sablazo y me dispongo a contraatacar. Yo mismo me sorprendo de mi destreza. Blandiendo mi espada los mantengo a raya y sin mucho esfuerzo logro desarmar a uno de ellos y atravesarle el pecho de una estocada. Si no fuera porque yo decido dónde golpear, pensaría que la espada combate sola.
     «¡Cuidado, Miguel!», me grita Lezcano cuando estoy a punto de acabar con el otro.
     Me volteo y veo venir al demonio que Fernández había derribado. El otro aprovecha mi distracción y alza su espada para partirme el cráneo. Lautaro arroja su vara, que gira en el aire y desarma al demonio. Mientras yo lo decapito, la vara vuelve a las manos de Lautaro, como si fuera un boomerang. Al mismo tiempo, Tortonese captura al último con su red.
     Javier le hace una seña al Tano.
     «Vení, Puño de Acero; vamos a darle masa.»
     Ni el guante ni el garrote parecen hacerle daño.
     «Miralo», dice Javier. «Se caga de la risa.»
     «Pocas armas pueden matar a los demonios», interviene el hombre rana. «La espada que esgrimes es una de ellas. Por esa razón los tres fueron directo hacia ti en vez de atacar a tus compañeros.»
     Miro mi espada; sigue vibrando y su hoja emite un leve resplandor azulado. Me acerco al demonio. Una corona de hierro ciñe su cabeza. Ríe mostrándome los dientes. Después me dice algo en una lengua extraña y se pone a hacer muecas como las que hacía el Turco cuando estaba poseído.
     «¡¿Qué esperás para matarlo?!», me dice Jerónimo llorando.
     Empuño mi espada con ambas manos.
     «No lo hagas», dice una voz que reconozco de inmediato.
     «¡Campesino!», exclaman mis compañeros.
     Me volteo y lo veo; ha cambiado sus harapos por una túnica roja y ahora lleva un báculo en la mano.
     «Sácame de esta jaula, Valtar», dice el hombre rana.
     El viejo golpea el suelo con su báculo y las dos jaulas se abren. Jerónimo no sale de la suya; se queda acurrucado mirando con desconfianza.
     «¿Quién eres?», le pregunto al viejo.
     «Mi nombre es Valtar, ya lo ha dicho Gurbak.»
     «¿De dónde sois que no conocéis al más renombrado de los cinco Magos Andantes?», nos pregunta el hombre rana.
     «Es que venimos de una tierra muy lejana», le respondo.
     «De otro mundo, yo diría…», me replica el viejo.
     Lo miramos desconcertados.
     «¿Qué es lo que sabes?», le pregunto.
     «Más de lo que sabéis vosotros…»
     «¿Puedes decirnos, entonces, qué es lo que hacemos aquí?»
     «Te lo explicaré», me dice.
     Extiende sus brazos hacia los lados y se produce un destello. Ante mí, se materializa un libro enorme que queda flotando en el aire.
     «Dice la profecía que nueve guerreros llegarán de otro mundo para derrotar al Señor de los Demonios. Cada uno de ellos recibirá de los Dioses un arma mágica.»
     El libro se abre y las páginas pasan a gran velocidad hasta que aparece frente a mis ojos un grabado como los de la Edad Media. Con sorpresa reconozco la escena: somos nosotros en la cueva de los trolls. La imagen reproduce el momento en que estoy por arrojar la flecha al techo.
     «Increíble…», digo.
     Los otros se acercan a mirar.
     «Deberán pasar tres pruebas para demostrar que son los Elegidos.»
     La página se voltea y podemos ver otro grabado. Representa el episodio de la captura del Turco.
     «Una vez que las superen, estarán listos para enfrentarse a Gorkänd Ghûl.»
     Un tercer grabado ilustra mi combate con los demonios.
     «¿Gorkänd Ghûl es ese?», pregunta Javier señalando al demonio enredado.
     «No», le responde el viejo. «Él es el Capitán Oscuro, líder de los nueve Guerreros del Infierno; no es más que un servidor del Señor de los Demonios.»
     «Ah…», dice Javier.
     «¿Cuál es tu parte en todo esto?», le pregunto al viejo.
    «Los cinco Magos Andantes fuimos los encargados de transportaros hasta aquí por medio de la gema que hallaste en tu mundo.»
     Tanteo mi bolsillo; aún la conservo conmigo.
     «¡Me parece algo muy egoísta!», estalla Lezcano. «¡Nosotros teníamos nuestras propias vidas allá en la Tierra! ¡Es injusto que perdamos todo por venir a salvar a un mundo que no nos pertenece!»
     «Nosotros no fuimos más que el instrumento de los Dioses. Debíamos trasladar la gema a vuestro universo. Que vosotros la encontrarais, y no otros, no fue decisión nuestra.»
     «¿Nunca regresaremos?»
     «Cuando derrotéis a Gorkänd Ghûl, la gema os devolverá a vuestro mundo.»
     «¿Por qué Jerónimo no aparece en los grabados?», pregunto.
     «Vuestro amigo no debería estar aquí; las profecías no dicen nada sobre él.»
     «No debería estar aquí…», repite Jerónimo sollozando.
     «Con razón no tiene ropa medieval…», dice Fernández.
     Intento voltear la página del libro, pero este se desvanece.
     «Eso es todo lo que puedo revelaros por el momento», me dice el viejo.
     «¡Tenemos que buscar al Turco!», exclamo recordándolo de pronto.
     «Aquel al que llamáis el Turco ya no se encuentra en este lugar; dos de los Guerreros del Infierno lo han llevado a la Torre sin Nombre, fortaleza del Señor de los Demonios.»
     Le hablo al viejo del dibujo que hice en la Tierra.
     «Esa que describes es la torre en la que mora Gorkänd Ghûl. Como verás, hace tiempo que los Dioses te han elegido.»
     «¿Por qué impediste que matara al Capitán Oscuro?»
     «Las Fuerzas del Mal han capturado a uno de los vuestros para obtener información. Nosotros haremos lo mismo.»
     El viejo se para frente al demonio.
     «Retira tu red, Tortonese.»
     «Pero se va a ir a la mierda…»
     «He dicho que la retires.»
    Tortonese acata la orden. Una vez libre, el demonio se queda quieto. Parece atemorizado. El viejo alza los brazos.
    «¡Ba inln olourr, ldi ba baai!», exclama, y alrededor del Capitán Oscuro se forma una burbuja de luz que se eleva y queda suspendida en el aire, manteniéndolo cautivo.
     «¿Y ahora qué haremos?», pregunta alguien.
    «Acompañaréis a Gurbak a su tierra», responde el viejo. «La gente de su tribu y los hombres lagarto están enemistados hace tiempo por culpa de las Fuerzas Oscuras. Poseído por un demonio, un hombre lagarto asesinó al hermano de Gurbak. Los hombres rana lo hicieron prisionero. Si no lo han ejecutado, se debe a que creen que Gurbak ha sido capturado por los hombres lagarto y temen que sea asesinado como represalia. Los hombres lagarto reclaman al prisionero, pero los hombres rana piden a cambio que Gurbak sea puesto en libertad. Todo es una estratagema de Gorkänd Ghûl para dividir a sus enemigos y de ese modo debilitarlos.»
     «¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?», pregunta Lezcano.
   «La profecía dice que los nueve guerreros del otro mundo tendrán cinco aliados de diferentes razas. Gurbak y el supuesto asesino de su hermano serán dos de ellos. Debéis convencer a los hombres rana de que el prisionero es inocente. Ese es el primer paso para derrotar a Gorkänd Ghûl.»
     «¿Cómo vamos a vencer a un demonio tan poderoso?», pregunta Tortonese. «No somos más que adolescentes…»
   «Vosotros sois los Elegidos», dice el viejo. «Habéis superado las pruebas. Habéis aprendido el funcionamiento de vuestras armas…» Lo mira al Gato; todavía tiene la pico de loro en la mano. «Al menos la mayoría de vosotros…»
    «¿Y hacia dónde debemos dirigirnos para llegar al pueblo de los hombres rana?», le pregunto.
     Es obvio que no necesito saberlo —Gurbak nos guiará—, pero lo hago para sacarme una duda.
     «Hacia el norte», dice el viejo mientras señala.
     Instintivamente, todos voltean la mirada. Finjo que voy a hacerlo yo también, pero, en vez de eso, me lo quedo mirando. Lo veo correr a toda velocidad y arrojarse por una ventana.

lunes, 6 de junio de 2011

22


     El Turco está a la derecha del Tano. Es casi tan alto como Benzaquén. Tiene los ojos claros y el pelo rubio le llega a los hombros. De turco no tenía nada; le decían así porque se apellidaba Turco Greco.
    El otro Turco está en la fila del medio, a la derecha de todo. Se llamaba Marcela Zappietro. Le quedó ese apodo porque la cargaban con que se parecía a un jugador de fútbol, el Turco no sé cuánto.
     Al lado de Zappietro está Bresciani, la chica más alta del curso. De cuerpo parece una modelo, pero es dientuda y sus ojos son saltones.



     —Enciende tu motor; yo soy tu pulmotor… Lalalala-lalalala-la… —lo escuché cantar a Tortonese mientras me acercaba al aula.
     Lo encontré bailando sobre el banco de la profesora.
     —¡No te burles de Ricky, mogólico! —le gritaba Bresciani. Se hacía la enojada y le tiraba tizas, pero Tortonese no se callaba.
     —Pon más velocidad, que estoy por acabar… Lalalala-lalalala-la…
     Bailaba con movimientos de coger.
     —¡Qué sucio que sos, pendejo! ¡Mirá si Ricky va a cantar eso!…
     Me senté en mi banco y la saludé a Lezcano.
     —¿Vos me llamaste ayer? —me preguntó.
     —Sí.
    —Ah… Marta me dijo que me llamó un chico, pero no se acordaba el nombre. Le pregunté si eras vos y le sonaba, pero no estaba segura.
     —Sí, era yo. Te iba a preguntar qué habían hecho ayer; pero la novia de tu papá me dijo que estaba ocupada, que volviera a llamar en quince minutos. Me dio cosa molestarla, así que lo llamé a Angeleri.
     —Ah…
     —Enciende tu motor; yo soy tu pulmotor…
   —Che, Turco… Me contaron que ayer te comiste los mocos… —le dijo Benzaquén cuando lo vio entrar.
     —¿Qué iba a hacer? ¿Pegarle a Olarticoncha? —respondió el Turco.
     —Pon más velocidad, que estoy por acabar…
     —¡¿Qué está haciendo ahí arriba?! —gritó la de historia—. ¡Se baja inmediatamente!
     Tortonese bajó de un salto. Me recordó a los gatos cuando se asustan.
     —¡Qué raro usted, Tortonese, haciendo payasadas! ¡¿Cuándo va a aprender que ya no está en la primaria?!
     Bresciani lo miraba burlona.
     —¡Ya mismo se va a pedir un trapo a la cocina y limpia ese banco!
     Antes de que Tortonese saliera, agregó:
     —Y a la vuelta pasa por dirección y me trae el cuaderno de disciplina.
     Después de que Tortonese limpiara el banco y firmara el cuaderno, la profesora repartió los trabajos prácticos.
     —¿Por qué un ocho? —preguntó Angeleri.
     La profesora se lo quedó mirando.
     —Lea las correcciones…
     —Ya las leí, profesora.
     —Y bueno… Ahí tiene la respuesta…
     —Me parece que usted está siendo arbitraria.
     —¿Cómo dice?
     —La información que damos está bien; lo que usted nos corrige es el análisis de los hechos…
     —Justamente…
     —Me parece que puede haber más de un punto de vista para analizar un hecho histórico, profesora.
     —¿Me está dando clases de historia, Angeleri?
     —No. Nada más le estoy pidiendo que evalúe otra vez nuestro trabajo.
     —No puedo creer lo que estoy escuchando…
     —Si usted me deja, profesora, yo le puedo fundamentar los puntos con los que usted no está de acuerdo.
     —Angeleri, me está haciendo perder la paciencia. Lo que usted leyó es un texto escolar, en cambio yo estudié una carrera. Usted me está diciendo que en una semana de lectura sobre el tema puede haber encontrado factores que yo, en años de estudio, puedo haber pasado por alto. ¿No se da cuenta de que eso no tiene ni pies ni cabeza?
     —Me parece que está siendo injusta, profesora.
     —Injusta o no, yo soy la profesora y usted, el alumno. Y esa que tiene en la mano es la nota de su trabajo.
     —No me deja otra opción que quejarme con las autoridades del colegio.
     —Haga lo que le parezca, Angeleri. Ahora déjeme comenzar con la clase.
   Poco antes del recreo, la profesora se puso a hablar de bueyes perdidos. Mikaela aprovechó para preguntarle por qué había faltado Jerónimo.
     —Tiene angina y está en cama.
     —Claro… Con el cambio de clima…
     La profesora asintió.
     —¿Y tiene para mucho?
     —El médico le dio tres días de reposo.
     —Uy, lo vamos a extrañar…
     La profesora sonrió.
     —Y no va a poder salir el sábado… ¿Su hijo va a bailar?
     —A veces…
     —¿Adónde?
     —No me acuerdo… No le presto atención a esas cosas.
     —¿Y va solo o tiene novia?
     —Qué pregunta, eh… Tiene novia. Hace unos meses.
     —Y claro… Un chico tan lindo no podía estar solo…
     La profesora se rió.
     —Yo no puedo opinar porque soy la madre.
     —¿Y qué hace su hijo además de ir a bailar y trabajar en el colegio?
    —Está estudiando para ser profesor de educación física. Y hace poco empezó a ir al gimnasio.
     —Ah… Con razón está más grandote…
     Sonó el timbre. Apenas se fue la profesora, Tortonese dijo:
     —Con lo gorda que está, para mí que en cualquier momento tiene dos preceptores más.
     Todos nos reímos.
     —Si son iguales a Jerónimo, ojalá que sea así… —dijo Mikaela.
     —¡¿Cómo te vas a quejar por un ocho, Balín?! —dijo Boglioli.
     —¡Malteada al Balín por traga! —gritó el Turco, y todos se le fueron encima.
     —Sos una zarpada, Mikaela —dijo Lezcano riéndose—. Mirá lo que le preguntás…
     —Bien que todas querían saber si tenía novia; pero si no me animo yo, nadie pregunta…
   —Así que está haciendo pesas… —dijo Lezcano—. Con razón está tan lindo, todo musculosito…
     Izquierdazo al estómago.
     —¿Y Daniel? —preguntó Domínguez.
     —Que me guste Daniel no quiere decir que no pueda mirar a otro chico.
     Derechazo al mentón.
     —Si todavía no somos más que amigos…
     —¡Patadas no, loco! —se quejó Angeleri.
     —¿Quién es Daniel? —preguntó Mikaela—. Contá, boluda…
     Patadas no, pensé, y lentamente me levanté para ir al baño.

viernes, 3 de junio de 2011

21


     Con Javier salimos al patio y nos acercamos a los pibes. El Gato estaba rayando un CD con una birome.
     —¿Qué estás haciendo? —preguntó Javier.
     —Es un CD del Balín.
     —¿Y cómo hiciste para sacárselo si anda todo el día con la mochila puesta?
     —Se lo saqué cuando estos le hacían la malteada.
     Javier se rió.
     —¿Y de qué es?
     —Qué sé yo… Es música de putos… Por ahí está la cajita.
     Javier la agarró.
     —Duran Duran… —leyó.
     —¡Pero el CD mucho no le duró! —dijo el Gato, y los pibes se rieron.
     —Dale con la llave —le dijo Lautaro ofreciéndole la suya.
     —¿Por qué no la hacés más fácil? —dijo Javier. Le arrebató el CD al Gato y lo partió en pedazos.
     Todos se rieron.
     —¡Qué hijo de puta!
     —¿Y ahora? —preguntó el Gato.
     —Y ahora lo guardás en la cajita, le hacemos otra malteada y se lo ponés en la mochila de nuevo —le respondió Javier.
     —Pero los pedazos van a hacer ruido cuando camine, boludo…
     —¿Y qué te chupa? Si se lo ponías rayado, también se iba a dar cuenta.
     —Pero yo quería que se diera cuenta en la casa, cuando lo pusiera…
     —Hacé así, boludo.
    Javier guardó los pedazos en la cajita, rearmando el CD como si fuese un rompecabezas.
     —Así no va a hacer ruido.
     —¡Duran Duran y su nuevo CD para armar! —dijo Fernández, y todos se rieron.
     A la salida, cuando nos despedimos de Maidana en la puerta de su casa, Angeleri le dijo:
     —Hoy me compré un CD de Duran Duran que seguro te va a gustar. Esta noche te lo grabo.
     —Aguantá que te traigo un cassette.
     —Dejá, boludo; en casa tengo…
     Me sentí un hijo de puta.



    A la derecha de Olivera está Lautaro, con la remera de Suicidal Tendencies. El día anterior se había afeitado la cabeza.
     Agarrado a su hombro está Arancibia. Tiene cierto aire simiesco, sobre todo por la boca: enorme, llena de dientes. Nunca se peinaba. El pelo le crecía para cualquier lado, sobre todo para arriba, dando la impresión de que tenía un gato sobre la cabeza. Por eso lo llamaban así.



     —¿Te cobran la entrada?
     —Sí, pero si vas con un animal te dejan pasar gratis —respondió Tortonese.
     —Cualquieeera…
     —En serio, boludo… Me lo contó un conocido… Vayamos al Botánico a agarrar un gato.
     Los pibes se rieron.
     —Qué tarado que sos, Tortonese…
     —Además no nos hace falta. Si acá tenemos uno…
     Fernández le palmeó la espalda al Gato y alguien maulló con voz aguda.
     —Dale, boludo… Van a ver que es así como les digo…
     Cruzó Las Heras y nos lo quedamos mirando. Del otro lado nos hacía señas.
     —Qué nabo que es este chabón… —dijo el Turco.
     —Crucemos, boludo —dijo el Tano—. Vamos a reírnos un rato.
     —Gatito, gatito, gatito…
     Tortonese se acercaba y el gato se erizaba todo.
     —Mish, mish…
     Le mostraba los dientes.
     —Ayúdenme a agarrarlo.
     —Ni en pedo…
     —Te va a cagar rajuñando, boludo…
     —Tranquilo, gatito…
     Tortonese acercó la mano. El gato le dio un zarpazo.
     —¡Gato hijo de puta, la concha de tu madre!
     Intentó darle una patada, pero el gato se fue a la mierda. Los pibes se reían.
     —Vamos a buscar otro.
     —Dejate de joder, pelotudo… ¿No te das cuenta de que te batieron cualquiera?
    —¿Además para qué mierda vamos a entrar al Zoológico? ¿Por qué no fuimos a los videos, como siempre?
     —Porque Javier no quiere.
     —¿Y por qué no querés, boludo?
     —Porque no me gustan los videojuegos; me cago de embole…
     —No te gustan porque siempre perdés.
     —Al revés: pierdo siempre porque no me gustan…
     —Qué rompebolas… ¿Y entonces qué hacemos?
     Se pusieron a pensar.
     —Tirá una idea, Olarticoncha. Decí algo…
     —No, boludo… No lo hagas hablar que después no para más.
     Algunos se rieron.
     —Ya que estamos acá, podemos ir a los Bosques de Palermo —sugirió Tortonese.
     —¿Qué carajo vamos a hacer en los Bosques de Palermo? ¿Correr?
     —Mirá… Si vos vieras las minas que salen a trotar los días como este, te irías corriendo a buscar los joggings. Podríamos ir, tirarnos al solcito, verlas pasar…
     —Epa, esa no se me había ocurrido…
    —Y no nada más corriendo, eh… —prosiguió Tortonese—. Debe estar lleno de minas tomando sol, tomando mate sentadas en el pastito… Hasta tal vez dé para chamuyarse alguna.
    —¿Ves? ¡Esa es una buena idea! —dijo el Gato—. ¡No ir al Zoológico a ver a los animales cagando!
     Todos nos reímos.
     Efectivamente, estaba lleno de minas.
     —¿Ves que papá sabe?…
     —Bueno, che… Tampoco te mandés la parte…
     —¿Fuego? —preguntó Boglioli por enésima vez. Del Zoológico a los Bosques no había conseguido que nadie le diera.
     —No —le respondieron nuevamente.
     —¡¿Pero qué pasa, loco?! ¡¿Nadie fuma en Palermo?!
     —No, boludo. ¿No ves que son todos gente sana, deportistas?…
     —Che, Olarticoncha… ¿Me prestás los anteojos?
     —¿Para qué?
     —Para encender el pucho con el sol.
     Los pibes se rieron.
     —En serio, boludo, prestame…
     —Viste mucho Macguiver vos —dijo Tortonese.
     —¿Qué Macguiver, boludo? Si lo sabés hacer, sale… Yo de chico quemaba hormigas con una lupa.
     —Yo también, pero no se prendían fuego. Les salía humo nada más.
     —Con eso alcanza. Mientras lo hacés, pitás y listo…
     —¿Pero vos alguna vez lo hiciste?
     —No, pero estoy seguro de que sale. Prestámelos, Olarticoncha.
     Me dio miedo de que se rompieran, pero no supe decirle que no.
     —Solo no puedo; necesito que alguien me ayude.
     Fernández se ofreció y lo intentaron.
     —¿Ves que no funciona? —dijo Tortonese.
    —Lo que pasa es que vos lo estás haciendo mal —le dijo Boglioli a Fernández—. El puntito de luz tiene que quedar chiquitito y en el medio.
     —Ya sé cómo se hace, boludo…
     —Dejate de joder, Macguiver, y devolvele los anteojos que se está perdiendo las minas —dijo el Tano.
     —¡Mirá qué tetas, por Dios! —dijo el Gato—. ¡Ponete rápido los anteojos que te las perdés!
     —Mirá cómo le saltan, boludo…
     —Qué hija de puta…
     —Che, cómo le chuparía las tetas a Mikaela…
     —¿Y quién no?
     —Yo me conformo con chuparle una.
     Nos reímos.
     —Yo me quedo con las de Maradona —dijo Javier.
     —A vos solo te gusta esa negra fea —dijo el Tano.
     —De cuerpo está bárbara, boludo…
     —Pero de cara es un bagre. Está buena para tocarle el culo nomás.
     —¿Viste cómo se le marca la concha en el pantalón?
     Nos reímos.
     —¡Es cierto, boludo!
     —¡Se los pone con calzador, la hija de puta!
     —Che… ¿El culo de Maradona o el de Lezcano?
     —Uh, esa es difícil…
     Entonces pasó lo que yo temía.
     —Vos nunca hablás de minas, Olarticoncha —me dijo Boglioli—. ¿No te gusta ninguna de las del curso?
     Todos me miraron.
     —No, del curso no… Me gusta una de mi edificio.
     Mentira. En mi edificio eran todos viejos con bigote.
     —¿Te hiciste un tatuaje?
     Tortonese se había sacado la remera. Al menos por el momento, me encontraba a salvo.
     —Sí. ¿No se los había mostrado?
     —No, boludo…
     Eran dos calaveras enfrentadas.
     —¿Y tus viejos te dejaron?
     —Si mis viejos se enteran, me cortan la pija. Por eso no me lo hice en el brazo.
     —¿Y qué estás, todo el día con la remera puesta, en tu casa?      
     —Todo el día.
     —El Turco tampoco habla de minas.
     —A mí me gustan las mujeres, no las pendejas…
     —¡Esa, campeón!
     —¿Qué te pensás, boludo? ¿Que una mina grande te va a dar cabida?
     —Miren quiénes llegaron —dijo el Gato.
     Unas chicas se estaban sentando a unos metros de nosotros.
     —Uy, ¿a ver? —dijo Tortonese—. Mejor no podía ser, che. Son ocho, igual que nosotros.
     Empecé a arrepentirme de haberme rateado.
     —Vos no te contés que tenés novia —dijo Fernández.
     —¿Y eso qué tiene que ver? —preguntó Tortonese.
     Decidí fingir que me sentía mal.
     —¿Hace cuánto que estás saliendo con Pescadito?
     —Más de un mes.
     —¿Y ya querés meterle los cuernos?
     —Y… Me está costando que entregue… Si la pongo por otro lado, mejor…
    —¡Pará, guacho cogedor! —dijo el Tano—. ¡¿Qué vas a hacer?! ¡¿Garchártelas en el pasto?!
    —Qué boludo que sos… Obvio que no me las voy a garchar ahora. Primero te la chamuyás, le sacás el teléfono, te la transás…
     —Uh, ¿me vas a dar clases de levante, ganador? Pará que tomo nota.
     —¿Estás bien, Olarticoncha?
     —Me duele un poco la cabeza.
     —Mirá, boludo… Esa es albina…
     —Qué loco…
     Abracé mis piernas, puse la cabeza entre las rodillas y cerré los ojos.
     —¿Quién se queda con la albina, che?
     —Te la quedás vos que la viste primero.
     —Prefiero la albina antes que la de rojo…
     —No es fea… Es un poco negra nomás.
     Todos se rieron.
    —Mirá, hay para todos los gustos: una albina, una negra fea de las que le gustan a Javier… Hasta hay una veterana para el Turco.
     No tenía más de veinte.
     —¿Y? ¿Encaramos?
     —¿Pero qué les decimos?
     —Les pedimos fuego, boludo… ¿No querías fumar?
     El Turco estaba sentado detrás de mí.
     —Che, Olarticachucha se durmió… —dijo, y me tocó la espalda con un pie. Entonces me levanté de golpe y le encajé una patada en la pierna.
     —¡Me duele la cabeza! ¡Dejame de joder! —le grité.
    Pocas veces en mi vida he sido tan impulsivo. Había sido un toquecito de nada; mi reacción fue desmedida. A esa altura del partido, el Turco ya me tenía las bolas por el piso. Además estaba nervioso por lo de las minas.
     Recién en ese momento caí en la cuenta de lo que había hecho. Ahora se levanta y me abolla la cara de una piña, pensé. Pero, en vez de eso, el Turco se me quedó mirando, sorprendido.
     —Tranquiiilo… —me dijo.
     Después de eso me volví a sentar.
    Al final nadie fue a encarar a las minas. Nos quedamos sentados, hablando poco. Algunos se sonreían. A eso de las cuatro levantamos campamento.
     En el tren, el Turco y Tortonese se pusieron a discutir. No sé por qué. Yo venía en la mía, pensando en Lezcano y maldiciendo el haberme rateado en vez de quedarme con ella. En eso lo escuché al Turco que decía: «Lo que pasa es que vos jodés pero no te gusta que te jodan», y estallé nuevamente.
     —¡Vos jodés y no te gusta que te jodan! —le grité.
     —Bueeeno… —me dijo—. Calmaate, che…
    En la estación Florida se bajó sin saludarme. Por un tiempo no volvió a dirigirme la palabra. Tampoco me volvió a molestar.
     Tortonese, Fernández y yo viajábamos hasta Mitre. Cuando llegamos, los acompañé a la parada del setenta y uno.
     —¡Se la re-banca Olarticoncha! —dijo Tortonese palmeándome la espalda.
     Fernández sonrió.
     —¿Por qué te calentaste tanto? —me preguntó.
     —Ya me tiene las pelotas llenas el Turco; está todo el día jodiéndome.
     —¿Viste la cara que puso? —dijo Tortonese—. ¡No lo podía creer!
     —Yo no sé cómo no se levantó y me rompió la cara…
     —¡Te tendrías que haber visto! ¡Dabas miedo!
     —Pero él me lleva casi una cabeza…
    —¿Y qué tiene que ver? En estas cosas la altura y la fuerza no cuentan tanto como parece. Lo que importa es si te la bancás. En eso la gente es como los perros. ¿Nunca viste a un perro chico haciéndole frente a uno grande? Tal vez el perrito se planta y el grandote baja las orejas y mete la cola entre las patas. A veces ni hace falta que ladre, con mostrar los dientes alcanza.
     Sonreí pero no dije nada.
     Después de que se tomaron el bondi, me fui tranqueando despacio.
    Por lo menos ahora tengo una excusa para llamarla, pensé. Le pido que me pase lo que dieron en la escuela. Y esa noche la llamé.