domingo, 11 de diciembre de 2011

51


     Algunas de las chicas se pusieron a lavar los platos, a pesar de que Caferri les insistía para que no lo hicieran.
     —¡Dejen, che!… Lo hacemos mañana…
     Como seguían lavando, les cerró la canilla y las llevó para el living.
     —Es mi cumpleaños y tienen que hacer lo que yo diga. Vamos a escuchar música.
     Encendió el equipo y puso un CD. Al rato Boglioli nos preguntó:
     —¿Qué es esto?
     —Ace of Base —respondió Tortonese.
     —Qué música de mierda…
     Boglioli tarareó la melodía haciéndole burla.
     —A mí lo que me gusta es la letra —dijo el Gato—. Habla de una mina que lo único que quiere es que se la garchen y la dejen embarazada.
     —¿Eh?
     —Escuchá. —Se puso a cantar siguiendo la letra—. All that she wants is another baby. Tatá-tará-tará. All that she wants is another baby, yeah…
     —¡Qué ingléees! —dijo Olivera.
     —¿Viste?
     —¿Y después qué dice? —preguntó Javier.
     —Qué sé yo, después no entiendo nada… Pero debe decir que la mina le pincha los forros al chabón o algo así.
     Todos se rieron. Maidana también.
     Lautaro, Mendoza y el Tano vinieron de la cocina con dos vasos de cerveza cada uno.
     —¿Birra?
     —No, gracias —dijo Maidana.
     El Tano le sacó el vaso de Coca-Cola y se lo cambió por uno de cerveza.
     —Dale, Maidana. Así tomás coraje y te animás a hablarle a Mikaela.
     —Claro —dijo alguien.
     Maidana dudó pero se quedó con el vaso en la mano.

     Don’t turn around de Ace of Base                              
     Young and proud de Ace of Base                                
     The sign de Ace of Base                                              
     No limit de 2 Unlimited                                               
     Tribal dance de 2 Unlimited                                        
     Chiquetere de Rafa Villalba                                       
     Desesperada de Marta Sánchez                               

     —¿Y? ¿La vas a encarar o no la vas a encarar?
     Maidana no supo qué responder.
     —¿Qué esperás, boludo?
     —¡Dale que está con vos, Maidana!
     —Está desesperada, como Marta Sánchez…
     Todos se rieron.
     —¡Dale! ¡Andá, boludo!
     Boglioli le apoyó las manos en la espalda y lo empezó a arrastrar hacia donde estaba Mikaela. Él se zafó con un movimiento brusco.
     —Pará…
     —¿Qué vas a hacer, boludo? ¿Esperar a que te venga a encarar ella?
     Justo llegaba Tortonese; venía de hablar con Onzari.
     —¿Qué pasa?
     —Nada —dijo Boglioli—. Le estaba diciendo que la vaya a encarar, pero no se anima…
     —Pará, boludo, hay que ir despacio…
     Maidana se arreglaba la camisa. Boglioli sonreía.
     —Si Tortonese dice que hay que ir despacio, hay que ir despacio —dijo Lautaro—. Él de estas cosas sabe.
     —Hacé una cosa —prosiguió Tortonese—: primero andá a llevarle un vaso de gaseosa. ¿Qué estaba tomando en la mesa?
     —Fanta —respondió Maidana.
     —Vas a tener que llevar uno para Pasco también; si no, quedás mal. Vos hacete el boludo, como que lo hacés de caballero nomás, ¿entendés?
     Después de unos segundos Maidana asintió, pero no se movió del lugar.
     —No te preocupes, Maidana… Acordate de lo que hablamos. Con la mina está todo bien… Haceme caso, boludo. Empecemos con esto que es un gesto amable. Como para ir preparando el terreno, ¿entendés?
     Maidana dudó, pero finalmente se fue a la cocina.
     —Boludo, no hay que zarparse… Si no, se va a dar cuenta de que lo estamos jodiendo…
     Boglioli chasqueó la lengua.
     —Qué se va a dar cuenta… Si es un pelotudo…
     Tortonese lo miró como diciendo «Qué boludo que sos…».
     Al rato Maidana salió de la cocina con los dos vasos y encaró directo para donde estaban Mikaela y Pasco. Metros antes titubeó y se detuvo. Justo en ese momento Mikaela lo vio. Maidana empezó a caminar de nuevo. Llegó hasta ellas y les ofreció los vasos. Ellas los aceptaron. Mikaela le sonrió y le dijo algo. Pasco se puso a tomar; me pareció que lo hacía para disimular lo tentada que estaba. Ahora se caga de la risa y escupe toda la Fanta, pensé. Maidana le devolvió la sonrisa a Mikaela, saludó con la cabeza y volvió a donde estábamos nosotros.
     —¡Qué jugadooor!
     —Buen comienzo, eh… —dijo Tortonese—. ¿Viste cómo te sonrió?
     Maidana asintió; miraba el piso. Traté de leer en su rostro lo que estaba pensando, pero no logré llegar a una conclusión. Todavía le duraba en los labios la sonrisa que le había dedicado a Mikaela.
     —¡Ganador! —exclamó el Tano y le palmeó la espalda.
     Boglioli se puso a aplaudir marcando el compás.
     —¡Qué alegría, qué alegría, olé olé olá!
     Los otros se le sumaron.
     —¡Vamos flaco todavía, que estás para ganar! ¡Qué alegría, qué alegría, olé olé olá! ¡Vamos flaco todavía, que estás para ganar! Con esa pilcha nueva, estás super pintón…
     Los pibes dejaron de cantar para ver como seguía Tortonese.
     —Perfume de primera, zapatos de salón… Con semejante facha, tenés todo a favor… ¡Andá afilando el hacha —se agarró el bulto—, que estás en ganador!
     —¡La escribió para vos, Maidana! —gritó el Tano.
     La cantaron hasta el final. Las partes que no se acordaban se las dejaban a Tortonese.
     —¿Te la sabés toda? —le preguntó Lautaro cuando terminaron.
     —¿Cómo?… Hasta los anteojos tenía de Johnny Tolengo…
     Boglioli acercó la nariz al cuello de Maidana.
     —¿Te pusiste perfumito de primera?
     Maidana se corrió para atrás. Boglioli se rió.
     —Uuuh, sí te pusiste… Te va a querer besar el cuellito…

     Amén de Marta Sánchez                                                                      
     De mujer a mujer de Marta Sánchez                                                  
     Te recuerdo de Bravo
     Fuego contra fuego de Ricky Martin                                                 
     Dime que me quieres de Ricky Martin                                              
     —Pon más velocidad, que estoy por acabar… Lalalala-lalalala-la…
     —¡Basta, pendejo!
     Matador de Los Fabulosos Cadillacs                                                  
     —¡Para vos, Maidana!
     Mi novia se cayó en un pozo ciego de Los Fabulosos Cadillacs       
     El satánico Dr. Cadillac de Los Fabulosos Cadillacs                    

     —Permiisoo… ¿Interrumpimos algo?
     —No, para nada… Siéntense.
     Los que estaban en el sofá les cedieron el lugar a las chicas.
     —No hace falta… Quédense…
     Los pibes insistieron y se fueron a buscar unas sillas.
     —Bueno, gracias…
     —¿Qué andan haciendo? —preguntó Mikaela.
     —Charlando…
     —¿Se puede saber de qué o es secreto?
     —Secretos en reunión es mala educación —dijo Pasco, y se rió sola.
     —No… Estábamos hablando boludeces…
     —De la música hablábamos.
     —¿De que les gusta o de que no? —preguntó Mikaela.
     —De que no —dijo Boglioli.
     —Yo no escucho a los Cadillacs, pero tampoco me disgustan…
     —Son una cagada.
     —¿Qué te pasa con los Cadillacs, pendejo? —dijo Maradona.
     —Ahora en un rato voy a copar el equipo y van a ver lo que es buena música… ¿No, Maidana? Voy a poner tu tema preferido…
     Maidana sonrió pero no dijo nada.
     —¿Vos también escuchás música pesada? —le preguntó Mikaela.
     Maidana dudó.
     —Algo… En realidad escucho de todo un poco… Algo de rock, algo de pop…
     —Algo de hardcore… —agregó Lautaro.
     —¿Los Rolling te gustan? —preguntó Mikaela.
     Maidana asintió.
     —¿Qué temas te gustan, por ejemplo?
     —No me acuerdo los nombres… En realidad no tengo nada de ellos. Los escucho en la radio.
     —Ah, entonces debés conocer nada más los temas comerciales…
     Maidana asintió.
     —Pero te gustan.
     Maidana asintió.
     —Entonces, si querés, después te presto unos CDs…
     Maidana sonrió.
     —Dale…
     —Yo siempre pensé que escuchabas tango, folklore… Esas cosas…
     Vi que Pasco se tapaba la boca.
     —¿Por? —preguntó Maidana.
     —No sé… Por lo tranquilo que sos…
     —Eso porque no lo viste cuando escucha Pantera… —dijo Boglioli—. Ahora en un rato vas a ver. Vas a conocer al Maidana metalero…
     Mikaela pareció no escucharlo.
     —Sos… como muy formal…
     Maidana no supo qué responder.
     —¿Pero eso es malo? —preguntó Tortonese.
     —Nooo, para naada… A mí me gustan los chicos formales.
     —Además, Maidana es un tipo formal pero tiene toda la onda… —dijo Tortonese y le palmeó la espalda.
     Mikaela asintió con una sonrisa.
     —Y, sí… Si escucha a los Rolling tiene la re-onda…
     Maidana se empezó a poner colorado; sonreía y miraba el piso.
     Boglioli intervino.
     —Vos pensabas que escuchaba tango porque se parece a Gardel…
     Pasco dejó escapar una risita.
     —Qué pavo que sos, eh… —dijo Mikaela—. Te cargan por el peinado, ¿no?
     Maidana no supo qué responder.
     —Vos no les hagas caso, Maidana; te queda re-bien el pelo así. Te hace como más maduro… Más elegante…
     Pasco no pudo aguantar más y largó una carcajada. Se levantó del sofá y se fue.
     —No le des bola —dijo Mikaela—; ya está en pedo… ¿Qué estaba diciendo?
     —Que el peinado le queda bien —dijo Tortonese.
     —Ah, sí, que te hace más elegante… Vos no le hagas caso a este. —Lo señaló a Boglioli—. Él te lo dice de envidia, porque tiene el pelo todo pajoso…
     —¡¿Qué pajoso?! —dijo Boglioli.
     —Y lo debe tener lleno de caspa también…
     —No tengo caspa…
     —Seguro que tenés. Si sos un sucio… Hace un mes que tenés puesta la misma remera…
     Todos se rieron.
     —¡Mentira! ¡Vos te confundís porque tengo varias remeras de Megadeth!
     —Sí, sí… —dijo Mikaela. Le sonrió a Maidana y le guiñó un ojo—. Se pone así porque tengo razón…
     Maidana le devolvió la sonrisa.
     —Tendrían que aprender de vos, Maidana. Así se viene a una fiesta, no todo zaparrastroso…
     Lautaro se rió.
     —¡Tampoco exageréees! ¡Ni que fuéramos linyeras!
     —No, linyeras no… Pero al final las chicas nos preocupamos por ponernos lindas y los hombres se visten como todos los días… Menos vos, Maidana.
     Maidana sonrió pero bajó la vista.
     —Disculpame, yo te digo Maidana porque no me acuerdo de tu nombre. ¿Cómo te llamabas?
     —Cristian.
     —Cristian —repitió Mikaela—. No es nada personal, eh… Lo que pasa es que en la escuela casi todos se llaman por el apellido…
     Maidana sonrió y asintió con la cabeza.
     —Todo bien…
     Mikaela se levantó.
     —Yo tengo que ir al baño —dijo. La miró a Maradona—. ¿Me acompañás?
     —Dale…
     —Después volvemos. —Le sonrió a Maidana—. Hasta luego, Cristian.
     —Hasta luego.
     Cuando las chicas se fueron, el Tano le palmeó la espalda a Maidana.
     —¡Esa, matador! ¡Qué levante!
     —¡Está con vos, Maidana!
     Maidana puso cara de «Qué va a estar conmigo…».
     —En serio, boludo… ¿No te diste cuenta?
     —Te tiró la re-onda… ¿No viste cómo te guiñó el ojo?…
     Maidana no contestó. Tortonese le tocó el brazo.
     —No es para mandarme la parte, Maidana, pero yo de estas cosas sé. Y te digo que es así… La mina te tiró onda… Esa de a mí me gustan los chicos formales… —Levantó las cejas y sonrió con picardía—. Fue bastante directa, ¿no te parece?
     —Y como te defendíiia…
     —Yo me enojé por lo del pelo pero tiene razón, Maidana: al lado tuyo parezco un linyera.
     —Y no es porque vos estés mal, eh… Es porque este con su look nos mató a todos…
     —Tendrían que aprendeeer… —dijo el Gato imitándola a Mikaela.
     Se rieron.
     —Menos vooos, Maidaaana… —dijo Lautaro.
     —Hasta lueeego, Criiistian… —dijo el Tano—. Sos un ganador, Maidana…
     Boglioli se puso a aplaudir marcando el compás.
     —¡Qué alegría, qué alegría!
     Los otros se le sumaron.
     —¡Olé olé olá! ¡Vamos flaco todavía, que estás para ganar!
     Siguieron cantando. En un momento, Boglioli gritó: «¡Ya es tuya, Maidana!», y lo volvió a despeinar.
     —¡Pará, boludo! —dijo Tortonese—.¡¿Qué  hacés?!
     —Uh, perdoná… —dijo Boglioli—. Es que me pongo contento y me descontrolo…
     Maidana no contestó; se estaba peinando con los dedos.
     —¿Te enojaste, Maidana?
     Maidana negó con la cabeza.
     —Todo bien.
     —Andá a ponerte agua, boludo…
     Maidana asintió y se fue al baño.
     —¡Si está Mikaela no entrés, eh! —le gritó el Gato, y los pibes se rieron.
     —Qué hijo de puta…
     —Che, ¿es lo único que sabe decir? ¿Todo bien?
     —No, boludo, también sabe decir «No sé»…
     Se rieron.
     —Qué bien que estuvo Mikaela…
     —¿Viste cómo chamuya?
     —Tango y folklore… Qué hija de puta…

lunes, 5 de diciembre de 2011

50

     Llegamos a lo de Caferri y atravesamos la tranquera. Benzaquén, Javier y Fiorentino jugaban a la pelota delante de la casa. Cuando lo vieron a Maidana, se sonrieron.
     Nos estrechamos las manos.
     —¡Pero qué categoría, Maidana! —dijo Benzaquén.
     —¿Viste? —dijo Boglioli—. Este tiene razón. —Lo señaló a Lautaro—. Al lado suyo vamos a parecer unos crotos…
     —Cierto, Maidana —dijo Fiorentino—. Estuviste flojo… Nos tendrías que haber pegado un tubazo y veníamos todos iguales…
     —Eso le decía yo —dijo Lautaro.
     —Nos veníamos todos de elegante espor —siguió Fiorentino—. ¿Elegante espor se llama lo que tenés puesto?
     Maidana puso cara de no saber. Javier se tentó y se dio vuelta para disimular.
     —Yo te iba a decir de jugar a la pelota —dijo Benzaquén—; pero así como estás vestido, yo te diría que no… A ver si se te mancha la camisa… A vos, Olarticoncha, ni te pregunto. ¿Ustedes no se prenden con un fulbacho?
     —¿Qué fulbacho? —dijo el Tano—. Yo quiero morfar…
     —Pero todavía no está el asado…
     —Recién lo puso el viejo.
     El Tano empezó a caminar hacia la casa.
     —Algo tiene que haber —dijo—. Seguro que la Gorda tiene algún sánguche debajo de la almohada.
     Algunos se rieron.
     Lautaro se quedó jugando a la pelota; los otros cuatro entramos a la casa.
     —«Por dentro es mujer», le dice la mina. Y este hijo de puta le dice: «¿Qué, tiene útero y esas cosas?».
     Fernández y Mendoza se mataban de la risa. Tortonese iba a seguir con la anécdota, pero lo vio a Maidana.
     —Uh, no… Pará que acabo de ver algo que me mató… —dijo. Se levantó del sillón y vino hacia nosotros—. Nooo, chabóoon… Mirá cómo te viniste… —Se estrecharon la mano—. Sos un fenómeno, Maidana. Ya te la levantaste.
     Maidana sonrió con desgano y desvió la mirada.
     —Hay gente que dice que la imagen no importa —prosiguió Tortonese—, pero yo por experiencia te digo que sí. Y cuando Mikaela te vea vestido así, se muere…
     —Cae rendida a tus pies —dijo Boglioli.
     —Che, ¿y la Gorda? —preguntó el Tano.
     —En el fondo —respondió Fernández—. Ayudándolo al viejo con el asado.
     —¿Y hay alguien más?
     —Algunas de las minas.
     —Mikaela, por ejemplo… —dijo Tortonese, y le palmeó el hombro a Maidana.
     —¿Hay algo para morfar?
     —No, todavía no —dijo Fernández—. Si querés, podés tomar coca.
     El Tano chasqueó la lengua y se sentó.
     Tortonese y Olivera siguieron contando la anécdota de las putas. Cada tanto me pedían que corrobore algo o me hacían alguna pregunta. Después los pibes se pusieron a hablar del tiempo. 
     —No vamos a poder ver si la Gorda tiene el culo caído —dijo Mendoza.
     El Tano puso cara de hastío.
     —Cómo joden con el culo de la Gorda, eh… —dijo—. ¿Por qué no le piden que lo muestre y se dejan de romper las pelotas? —Levantó la voz—. ¡Che, Caferri!
     —Pará, boludo…
     El Tano se reía.
     —¡Caferri!
     —Callate, tano hijo de puta…
     Caferri se asomó por la puerta.
     —¿Sí?
     —Sos un zarpado… —dijo Fernández por lo bajo.
     —¿Cómo andás, Caferri? —dijo el Tano.
     —Bien. ¿Y vos?
     —Bien.
     —¿Qué necesitabas?
     —Acá los pibes te quieren pedir algo, pero no se animan. Así que te lo voy a pedir yo.
     Algunos se habían puesto colorados.
     —¿Qué?
     —¿No habrá algo para ir picando hasta que se haga el asado?
     Caferri pensó.
     —Pará que le pregunto a papá.
     Se fue y Tortonese se entró a cagar de la risa.
     —¡Qué hijo de puta!
     —Cómo se les frunció, eh… —dijo el Tano.
     —Te creés re-vivo, ¿no? —dijo Boglioli.
     —La cara que pusieron… —dijo Tortonese—. Fue mortal…
     Se siguió riendo hasta que Caferri volvió.
     —Papá va a cortar unos salamines y unas rodajitas de pan, y vamos a hacer unos mates. ¿Les parece?
     —Bárbaro…
     —¿Ustedes tampoco trajeron bolsa de dormir?
     Negamos con la cabeza.
     —Che, al final no sé para qué digo las cosas… Los únicos que trajeron bolsa fueron Macarena y Fernández. Con los colchones y los almohadones no va a alcanzar para todos.
     —Y bueno, Caferri, de última no dormimos…
     —¿Vienen, entonces?
     —Vamos.
     —Yo paso al baño —dijo Maidana—. Ustedes vayan yendo si quieren.
     —Te esperamos, boludo… —dijo Tortonese.
     Cuando Maidana se fue, los pibes se rieron por lo bajo.
     —Qué aparato…
     —¿Cómo te vas a vestir así?… Qué hijo de puta…
     —¿Qué se pensó? ¿Que veníamos a un casamiento? 
     —Y… Debe ser la primera fiesta a la que va en su vida…
     —Che… Mucha camisita, mucho peinadito, pero no fue capaz de sacarse los bigotes de Cantinflas…
     —Y encima ese corte de pelo lo hace más cabezón.
     —Cómo nos vamos a cagar de la risa…
     —Espero que Mikaela se aguante y no se le ría en la cara…
     Al rato Maidana volvió del baño. Se había mojado el pelo y se había vuelto a peinar.
     —¡Qué pinta! —exclamó Tortonese—. ¡Te falta el sombrero y sos Gardel!
     —Te quedó bárbaro con el agua —dijo Boglioli—. Perdoname que te haya despeinado, eh…
     —Todo bien —dijo Maidana.
     Tortonese le apoyó una mano en el hombro.
     —Se muere Mikaela… Se muere…
     Junto a la parrilla había dos mesas: una larga que siempre había estado ahí y una más chica que habían traído del comedor. Algunas de las pibas estaban sentadas charlando. Busqué a Mikaela con la mirada, pero no la encontré por ningún lado.
     El padre de Caferri terminaba de cortar los salamines. Se metió la última rodaja en la boca y nos saludó.
     —¡Sigue cayendo gente al baile! —dijo. Lo vio a Maidana—. ¿Y este? ¿Qué te pusiste en la cabeza, pibe? ¿Gomina? ¡Parecés Carlitos!
     Algunos de los pibes se rieron. Algunas de las chicas también. Maidana sonreía y miraba el piso.
     —Esa no es pilcha pa’ comer un asado… Te vas a manchar la camisa…
     Maidana no supo qué contestar.
     Nos pusimos a tomar mate. En un momento vi que Tortonese le tocaba el brazo a Maidana y señalaba algo. Miré en esa dirección. A unos metros, junto a la cerca, estaban Pasco y Mikaela. La luz del atardecer les daba un tono violáceo.
     —¡Dame, boludo!
     Lo vimos aparecer a Lautaro. Había rodeado la casa corriendo. Detrás de él venía Javier. Lautaro llegó hasta la parrilla y tiró algo a las brasas.
     —Para el fuego, señor…
     —¡No, boludo!
     Javier se acercó a la parrilla con intención de meter la mano.
     —¡Pará, pibe! ¡No te vayás a quemar! Pará que te lo saco yo…
     Con la pala del carbón, el padre de Caferri sacó un papel encendido. Lo tiró al suelo y lo pisoteó. Lautaro se reía.
     —¿Era un papel importante?
     Como Javier no respondía, el padre de Caferri lo miró a Lautaro.
     —No, era una boludez…
     —¿Qué era? —preguntó Fernández.
     —La planillita.
     Los pibes se cagaron de la risa.
     —Nooo…
     —¡Se acabó la planillita, Mandibulón!
     Javier miraba el papel chamuscado.
     —¿La habías traído hasta acá? —le preguntó Mendoza.
     —La tenía toda dobladita en el bolsillo —dijo Lautaro—. Con la birome y todo.
     —No podéees…
     —Lo tengo que anotar, lo tengo que anotar… —dijo el Tano con voz de mogólico, y todos los pibes se rieron.
     —Qué forros que son… —dijo Javier.
     —Lo hice por tu bien, Javi —dijo Lautaro—. Tenés que madurar…
     —¡Si no, no la vas a poner nunca, Mandibulón! —exclamó el Tano.
     El Gato acababa de llegar y miraba la escena con expresión divertida.
     —¿Qué pasó?
     —Lautaro tiró a la parrilla la planillita de Javier —dijo Olivera.
     El Gato se rió.
     —Es esa que está ahí —dijo Mendoza—. Mirá.
     —Nooo…
     —¿A ver? —dijo Boglioli. Levantó el pedazo de papel—. Todavía se lee algo, Javier… «A remera se ientes por que nito chupa te vas en.» Y del otro lado: «Te ten a orto en la puer en los me suel es do». Guardala, boludo…
     Javier no le respondió; se dio vuelta y se fue a sentar a la mesa.
     El Gato y el padre de Caferri se estrecharon la mano.
     —Ah, vos sos el que no se peina…
     El Gato sonrió.
     —¿Y por qué no te peinás? ¿Hiciste una promesa?
     —No… Es que no me dan ganas…
     —¡Uh, vos sos el de Racing!… ¡Mirá que si esperás a que salga campeón, te vas a quedar pelado!…
     Todos se rieron.
     Los que estaban alrededor de la parrilla se pusieron a hablar de fútbol con el padre de Caferri. Me alejé de ellos y me fui a sentar con los que estaban en la mesa.
     —Pero se van a avivar, boludo… —estaba diciendo Tortonese—. Primero se cae la de lengua, después se cae la de cívica… Obvio que la silla la pusimos nosotros…
     —Entonces hay que hacerle otra cosa —dijo Mendoza.
     —¿Se te ocurre algo? —preguntó Olivera.
     Mendoza se puso a pensar.
     —No sé… —dijo—. Ponerle una cáscara de banana… Algo así…
     Algunas de las chicas lo miraron con cara de «Qué boludo…».
     —Ves muchos dibujitos vos… —dijo Tortonese—. La onda es que no se den cuenta de que es una joda. ¿Qué les vas a decir? «Ah, no sé… La cáscara estaba ahí cuando llegamos…»
     Algunos se rieron. Fernández intervino.
     —O si no: «Cayó del techo». —Me señaló—. Como le dijo este hijo de puta a la de geografía…
     Todos se rieron.
     —¿Te acordás?
     —Qué hijo de puta… —dijo Javier, que ya estaba mejor de ánimo.
     Me di cuenta de que todas las chicas me estaban mirando.
     —Cuando uno no te conoce, te ve tan calladito y piensa: «Qué chico tan bueeno… Es un santo» —me dijo Bresciani.
     —Sí… Hasta que abre la boca… —dijo Tortonese, y algunos se rieron.
     Me empecé a sentir incómodo; no me gustaba ser el centro de la conversación.
     —Como el día que nos cagó a pedos la directora porque se había quejado la de matemática —le dijo Mendoza a las chicas—. Ustedes se lo perdieron…
     —Esa fue mortal…
     —La directora nos estaba diciendo: «No puedo jugar a empujar. No puedo jugar a pegar. No puedo jugar a escupir». Y este hijo de puta dice: «Usted no puede, nosotros sí».
     Todos se rieron.
     —¿Eso le dijiste? —me preguntó Caferri.
     —No, a ella no se lo dije…
     —No, lo dijo murmurando… Pero nosotros no nos pudimos aguantar y nos cagamos de la risa…
     —A veces en la clase se manda cada una —dijo Tortonese— que yo me tengo que morder la lengua para no reírme.
     —¿Siempre fuiste así de callado? —me preguntó Onzari.
     No supe qué responderle.
     Vi que Tortonese le pateaba el pie a Maidana y señalaba hacia delante con un movimiento de la cabeza. Pasco y Mikaela se acercaban a nosotros.
     Mendoza se había quedado colgado con lo de la profesora de cívica.
     —¿Y si le ponemos tachas en la silla? —preguntó.
     —También, boludo… —dijo Tortonese—. Se van a dar cuenta… No pueden estar ahí de casualidad…
     —¿Pero vos te pensás que la de lengua no se dio cuenta de que la silla la habíamos puesto a propósito?
     —Sí, se dio cuenta, pero no tiene manera de probarlo. Hay muchas sillas rotas. ¿Pero lo de las tachas cómo lo explicás?
     —Se re-dio cuenta —intervino Bresciani—. ¿No viste cómo nos miró?
     —Sí —dijo Onzari—. Quedamos re-mal…
     —A mí me dio una pena… —dijo Maradona—. Justo ella que es tan buena…
     Los pibes se defendieron.
     —Nosotros no se la pusimos a ella. La idea era que se sentara la otra hija de puta…
     —¿Cómo íbamos a saber que se iba a pasar cuarenta minutos parada?
     —Cuarenta minutos… Qué hija de puta…
     —Igual —dijo Bresciani—, se re-zarparon… Imaginate que se sienta la de cívica, cae mal y se desnuca…
     Tortonese chasqueó la lengua.
     —Qué exagerada…
     Pasco y Mikaela llegaron hasta nosotros.
     —Hola a todooos… —dijo Mikaela. Lo vio a Maidana y sonrió—. Qué elegancia…
     Maidana sonrió y bajó la vista.
     —Nosotras ya venimos —dijo Mikaela, y entró a la casa junto con Pasco.
     Tortonese le palmeó la espalda a Maidana. No llegué a escuchar lo que decía.
     Mientras comíamos, se largó a llover. Pudimos quedarnos afuera porque estábamos protegidos por un techo. En un momento el padre de Caferri se fue a buscar algo a la cocina y el Gato aprovechó para mancharle la camisa a Maidana. Se le paró detrás y le dejó caer encima un chorizo cubierto de chimichurri. Cuando Maidana se dio vuelta, lo encontró con el pan vacío en la mano.
     —Uuuh, perdonáa…
     Maidana se miraba la camisa y parpadeaba. Algunos de los pibes estaban tentados. El Gato meneaba la cabeza.
     —Es re-resbaladizo este chimichurri…
     —Tomá, Maidana —dijo el Turco ofreciéndole unas servilletas de papel. Maidana las agarró sin dejar de mirar la mancha.
     —Qué bajón, boludo… —dijo el Gato—. Si no sale te compro una, eh…
     —Todo bien —dijo Maidana.
     El padre de Caferri volvió de la cocina.
     —¿Qué pasó? Uuh, la camisa de Carlitos… Te dije, pibe, que no era ropa para comer asado… Más que eso no va a salir, eh… Si querés que salga con el lavado, ponele un poco de sal.
     Mendoza agarró un salero y derramó la mitad del contenido sobre la ropa de Maidana.
     —¡¿Qué hacés, pibe?! Con cuidado… «Un poco de sal», dije…
     —Perdón…
     —Sos medio boludito, che…
     Algunos se rieron.
     Más tarde, Fernández trató de volcarle cerveza encima, pero le salió mal. La botella rodó hacia un costado y el que se mojó fue Mendoza.
     Después de la cena, el padre de Caferri se fue a lo de un vecino.
     —Bueno, ahora los dejo solos, che —nos dijo antes de irse—. Diviértanse. Cualquier cosa me llaman.
     Abrió la puerta; todavía llovía.
     —No chupen mucho, eh… —Hizo el gesto de ojo y sonrió—. No chupen mucho que hay que guardar para mañana…
     Algunos se rieron. Él se cubrió la cabeza con un diario y salió trotando.
     —Copado tu viejo —dijo alguien.
     Caferri sonrió y asintió con la cabeza.

lunes, 28 de noviembre de 2011

49


     Lo volví a mirar. Él parecía no darse cuenta. Tal vez se hacía el boludo. Durante el viaje casi no habíamos cruzado palabra. Caferri festejaba su cumpleaños en una quinta que los padres tenían en Derqui. En otras circunstancias yo no hubiera ido; no me la bancaba a la Gorda. En realidad, a esa altura, no me bancaba a nadie.
     Bajé la vista y le miré los pies; la tierra de la calle le ensuciaba los zapatos. Cuando nos encontramos los tenía recién lustrados. Él también miraba para abajo. Tal vez pensaba en eso: en sus zapatos.
     Miré el cartel: La Calandria. Teníamos que ir hasta El Zorzal y por esa hasta Las Amapolas. Todas las calles tenían nombres de pájaros o de flores.
     Lo miré otra vez. El día anterior se había cortado el pelo y antes de salir se lo había peinado con gel. Tenía puesta una camisa blanca. Sobre los hombros llevaba un pulóver por si refrescaba; habían anunciado lluvia.
     Miré el cielo; ya se estaba nublando. El aire estaba quieto y cargado de humedad. Si al día siguiente llovía, no iba a haber pileta. Pensé en los pibes. No iban a poder comprobar si Caferri tenía el culo caído.
     Llegamos a El Zorzal y él rompió el silencio.
     —Uaaau, mirá cuántos sapos… —Sonrió—. En la casa de mi abuela, en Formosa, siempre había un montón de sapos. ¿Y sabés lo que hacía yo?
     Puse cara de no saber.
     —Los agarraba y me ponía a ver la tele con ellos —dijo.
     Me reí.
     —¿Y por qué hacías eso?
     —Porque pensaba que eran mis amigos… Entonces les contaba cosas de los dibujitos. De qué se trataban, quiénes eran los buenos, quiénes eran los malos… —Se rió—. A veces me meaban y los tenía que dejar…
     Me acordé de la tortuga y el triciclo.
     —¡¿A todos los animales los hacías mear, hijo de puta?!
     Tardamos bastante en recuperar el aliento. Me sentía aliviado; hasta ese momento había estado convencido de que se había ofendido conmigo.
     —¿Esos no son algunos de los pibes? —me preguntó.
     Forcé la vista.
     —Ese que está parado es el Tano —dije.
     Los otros dos se habían caído al piso jugando a pegarse. Eran Lautaro y Boglioli. El Tano les dijo algo. Ellos se incorporaron y miraron para nuestro lado mientras se sacudían la ropa.
     —¿Cómo va? —nos preguntó el Tano cuando los alcanzamos.
     —Todo bien —le respondí.
     Nos estrechamos las manos.
     —¡Esa, campeón! —dijo Boglioli—. ¡Mirá cómo estás vestido! ¡Si no te la levantás con esa camisa, no te la levantás con nada!
     Maidana sonrió; se notaba que se sentía incómodo.
     —Nos tendrías que haber avisado que ibas a venir así, boludo… —le dijo Lautaro—. Ahora al lado tuyo vamos a parecer unos crotos…
     —Qué fenómeno…
     Boglioli le palmeó la espalda y seguimos andando.
     —El Zorzal y Las Amapolas era, ¿no? —me preguntó el Tano.
     Asentí.
     Lautaro y Boglioli se empezaron a pegar de nuevo mientras caminaban. En un momento, Lautaro se cayó al piso. Aprovechó para agarrar un sapo y tirárselo a Boglioli. Se lo encajó en el medio de la jeta.
     —¡Qué asco, hijo de puta!
     Lautaro se mataba de la risa. Boglioli lo empezó a correr. A unos metros, logró sujetarlo de un brazo y le restregó un sapo por la cara.
     —¡Pará, pará, boludo! ¡La petaca!
     La cadera de Lautaro había golpeado contra un árbol.
     —Uh, boludo… ¿Se rompió?
     Lautaro sacó una petaca de whisky de su bolsillo y comprobó su estado.
     —No, está bien…
     Nos detuvimos mientras recuperaban el aliento.
     —Che, no va a alcanzar una mierda… —dijo Boglioli.
     —¿Qué te hacés el guacho bebedor si después te tomás dos tragos de cerveza y terminás vomitando? —le dijo el Tano.
     —No, boludo, no fue por la cerveza… —intervino Lautaro con tono burlón—. Fue por las albóndigas que le hizo la mamá…
     —Aaah, cieerto… Esta vez seguro que le cae mal el asado.
     Lautaro se rió. Boglioli cambió de tema.
     —Che, boludo, dame un pucho y hacemos reventar a un sapo.
     El Tano puso cara de «¿Qué decís?».
     —Ni en pedo… —dijo—. No te convido a vos y le voy a dar a un sapo…
     Lautaro se rió.
     —Dale, pelotudo, no te ortibés… —insistió Boglioli—. Después te compro un atado…
     —Siempre decís lo mismo, rata.
     —Dale, no seas forro…
     —Además eso es con los escuerzos —dijo Lautaro—. No sé si funciona con los sapos.
     —Vamos —dijo el Tano.
     Un sapo vino volando y se estrechó contra su pecho. Lo había lanzado Boglioli usando una rama a modo de palo de golf. El Tano miró la mancha que le había quedado en la remera, lo miró a Boglioli y se inclinó para agarrar el sapo. Boglioli salió corriendo. Cuando el Tano lo alcanzó, le rodeó el cuello con un brazo.
     —Te lo vas a comer, hijo de puta…
     Boglioli mantenía la boca cerrada, con los labios para adentro. El Tano le trataba de meter el sapo.
     —Dale un beso, boludo. Dale…
     Boglioli forcejeaba pero no lograba zafarse.
     —A ver si se convierte en una mina… Dale…
     —Dejalo, boludo… Qué asco… —intervino Lautaro. Después de una pausa agregó—: Pobre sapo…
     El Tano se rió.
     —¡Pará, hijo de puta! —gritó Boglioli.
     El Tano lo soltó y tiró el sapo.
     —Dale, vamos —dijo.
     Boglioli se limpió la boca con el dorso de la mano y escupió varias veces. Seguimos caminando.
     —¿Trajiste música, Olarticoncha? —me preguntó el Tano.
     —No. ¿Vos?
     —Tampoco. Iba a traer pero me olvidé.
     —Yo sí traje —dijo Boglioli—. Espero que la Gorda no se ortibe y me deje poner.
     —¿Qué trajiste?
     —Hermética, Metallica, Pantera yy… —sacó los cassettes de su bolsillo y se fijó— Maiden.
     —El de Maiden capaz que te lo deja poner —dijo Lautaro—, pero los otros no creo.
     —De Pantera traje el que te gusta a vos, Maidana…
     Maidana sonrió pero no dijo nada.
     —¿De Metallica qué trajiste? —preguntó el Tano.
     —And justice for all.
     —Es un bodrio ese disco…
     —Ta bueno, boludo…
     Lautaro le pegó una patada a un sapo haciéndolo estrellarse contra un árbol. El sapo quedó panza arriba moviendo las patas en el aire.
     —Uh, boludo… —dijo Boglioli—. Jueguito con un sapo, dale…
     —Mirá lo que hace este pelotudo —dijo el Tano—. Dale, boludo… Vamos…
     Boglioli dejó caer el sapo y comenzó a andar de nuevo.
     —Qué amargo que sos, eh…
     —Qué amargo que sos, eh… —repitió el Tano con voz de mogólico.
     —Te sale re-bien, Corky…
     —¿Dónde está el otro?
     El Tano se dio vuelta buscando a Lautaro. Se había quedado tratando de ensartar a un sapo con un palo.
     —Dale, boludo… ¿Qué estás haciendo?
     Se lo hundía en el lomo pero no lograba engancharlo; el agujero se agrandaba cada vez más.
     —Aguantá…
     Las patas del animal se crispaban.
     —Dale que tengo hambre…
     Frustrado, Lautaro pateó al sapo. Boglioli se corrió para que no le pegara en la pierna.
     —La concha de tu madre… Qué asco…
     El sapo se alejó arrastrándose.
     —Igual el viejo de la Gorda recién debe estar encendiendo el fuego —dijo Lautaro.
     —Sí —dijo el Tano—, pero algo para ir picando debe haber.
     —Esperemos —dijo Boglioli.
     —¿Y? ¿Nervioso, Maidana? —preguntó Lautaro.
     Maidana dudó.
     —Un poco…
     El Tano le palmeó la espalda.
     —Tranquilo, campeón… Todo va a estar bien…
     —¡Esta noche la rompés, Maidana! —exclamó Boglioli.
     —Che, ¿y trajiste la mallita para bañarte con ella? —preguntó el Tano.
     —No —dijo Maidana.
     —Con este tiempo no da, ¿no?
     Maidana negó con la cabeza.
     —Qué bajón, boludo… —dijo Lautaro—. No vamos a poder ver a las minitas en bikini…  
     —Y no le vamos a poder ver el culo a la Gorda —dijo Boglioli.
     —Mirá en lo que pensás… —dijo el Tano—. ¿Tanto culo para ver y querés ver el de la Gorda?
     Boglioli se defendió.
     —Para ver si lo tiene caído, boludo…
     —¿Y al Turco también se lo vas a mirar?
     Hablaba del otro Turco: Marcela Zappietro. Ella era gorda en serio.
     —No, boludo… Tampoco la pavada…
     Se rieron.
     —Che, boludo, ¿si no llueve cómo vamos a hacer? Si el Turco se mete a la pileta, no entra nadie más…
     —Nos vamos a tener que turnar —dijo Lautaro—. Un rato el Turco, un rato todos los demás, un rato el Turco, un rato todos los demás…
     —¡Hijo de puta! —gritó Boglioli de repente, y con un palo que había agarrado le dio varios golpes a un sapo, como con furia.
     El Tano y Lautaro se rieron. El sapo quedó tirado en la calle, con un agujero al costado por el que asomaban sus entrañas.
     —A ver, ¿a quién más le podés mirar el culo? —dijo el Tano—. A Godín, todo negro y peludo…
     Se rieron.
     —Qué asco, boludo… —dijo Boglioli—. Mirá lo que me hacés imaginar…
     —Y el de la Muerta, todo blanco… —dijo Lautaro.
     —¡Pero peludo también! —agregó el Tano.
     —¡La Bizcocho debe tener una nalga torcida!
     —Qué hijo de puta…
     —¡Y Cabecilla lo tiene más grande que la cabeza!
     Boglioli se rió solo. Los otros se lo quedaron mirando.
     —Ni para hacer chistes servís —dijo Lautaro—. Todo el mundo tiene el culo más grande que la cabeza, nabo…
     —¿Y el de Bresciani? —preguntó el Tano.
     —El de Bresciani está bueno, boludo… —dijo Boglioli—. No me podés decir que no…
     —Lástima que tenga tantos dientes…
     —Hasta en el culo debe tener…
     Se rieron.
     —Che, Maidana —dijo Boglioli—, cambiá la cara que esta noche es tu noche…
     —¡Hoy te la ganás! —exclamó el Tano y le palmeó la espalda.
     Lautaro empezó a aplaudir marcando el ritmo y se puso a cantar.
     —¡Qué alegría, qué alegría, olé olé olá! ¡Vamos flaco todavía, que estás para ganar!
     Boglioli se le sumó.
     —¡Qué alegría, qué alegría, olé olé olá! ¡Vamos flaco todavía, que estás para ganar!
     —¿Cómo seguía? —preguntó Lautaro.
     —Con esa pilcha nueva, estás super pintón —cantó Boglioli—. Zapatos de primera, zapatos de charol…
     —Cualquiera, boludo… No decía eso…
     —¿Qué decía?
     Lautaro pensó.
     —No me acuerdo… Lo de la pilcha sí, pero zapatos dos veces no decía…
     —¿Vos no te acordás, Tano?
     —No, pero después decía: tocala de primera, jugá de matador…
     Los otros se le sumaron.
     —¡No la tirés afuera, que estás en ganador! ¡Qué alegría, qué alegría, olé olé olá! ¡Vamos flaco todavía, que estás para ganar!
     Siguieron repitiendo el estribillo. Mientras el Tano y Lautaro marcaban el compás aplaudiendo, Boglioli lo hacía palmeando la espalda de Maidana. De repente gritó: «¡Estás para ganar, campeón!», y le revolvió el pelo. Maidana se apartó de él y se llevó las manos a la cabeza.
     —¡Pará, boludo, que lo despeinás! —dijo Lautaro.
     —Uy, perdoná… —dijo Boglioli—. ¿Tenés peine?
     Maidana asintió. Sacó uno del bolsillo trasero de su pantalón.
     —Qué boludo… Perdoname… Fue de onda, eh…
     —Todo bien —dijo Maidana mientras se peinaba.
     —Suerte que viniste equipado —dijo Lautaro.
     —Y… A Maidana no se le escapa una… —dijo el Tano.
     Boglioli pegó un salto y aplastó a un sapo con los dos pies.
     —Uh, mirá cómo quedó…
     Algunas entrañas se le habían salido por la boca, otras por los costados. Así y todo, se seguía moviendo.