viernes, 15 de julio de 2011

33


     Abrazada a Onzari está Godín, mostrando un osito a la cámara. Es petisa, gordita y morocha. Le decían Bola Ocho.



     —Yo esta semana no puedo —nos dijo Angeleri—. Tengo que ayudarlo a mi viejo en el estudio. Igual no hace falta que nos reunamos; nos podemos repartir las preguntas. Después cada uno estudia su parte y listo. A mí déjenme las seis últimas. Es una más pero no importa.
     Lo interrumpieron los gritos de Pasco.
     —¡Eh! ¡¿Qué andás boqueando vos?!
     Godín siguió caminando como si nada. Venía por la vereda de enfrente.
     —¡A vos te estoy hablando, negra puta! —le gritó Pasco.
     La alcanzó al trote y se le plantó delante.
     —¿Qué pasa? —preguntó Godín.
     Pasco la empujó.
     —¡¿A quién le decís borracha, negra de mierda?! —dijo.
     —¡A mí no me vas a empujar! —gritó Godín y la agarró del pelo. Pasco le metió dos trompadas en la cara. Godín retrocedió aturdida; un hilo de sangre le empezó a brotar de la nariz. Antes de poder reaccionar recibió un tercer golpe, esta vez en la boca.
     Algunos de los pibes habían escuchado los gritos y se habían acercado a mirar. Se mataban de la risa. Uno se puso a tararear The eye of the tiger.
     —¡Pegale en la panza! —gritó Mikaela—. ¡Así no le quedan marcas!
     Godín salió corriendo. Pasco la persiguió. Cuando estaba a punto de ser alcanzada, Godín se dio vuelta y extendió las manos hacia delante.
     —¡Pará!
     Aceptando la sugerencia de su amiga, Pasco le encajó una patada en el estómago. Godín emitió un sonido grave y cayó para adelante. Caferri y Onzari llegaron corriendo justo para detener a Pasco cuando estaba por patearle la cabeza. Casi se les zafa, pero Maradona las ayudó a sujetarla.
     —¡Suéltenme! —chillaba Pasco—. ¡Suéltenme!
     Después se derrumbó sobre el suelo y se largó a llorar. Todos se quedaron en silencio.
     Me di vuelta buscando a Angeleri, pero no lo encontré. Como el mago Valtar, había desaparecido.



     —¿Y? ¿Alguna novedad con Daniel?
     —Sí. Que es un tarado.
     Paré la oreja.
     —¿Por qué, boluda?
     —Ayer fui a tomar unos mates a la casa. A eso de las cinco Marta se fue y nos quedamos solos.
     —¿Y qué pasó?
     —Nada… Yo pensé que iba a pasar algo, pero se puso a mirar fútbol. Me tuve que bancar todo el partido San Lorenzo-Independiente… Cuando terminó yo pensé: «Bueno, ahora me va a dar pelota», pero el tarado cambió de canal y se puso a mirar otro partido.
     —Qué bajón, boluda…
     —El primero te lo entiendo; él es de San Lorenzo. Pero el segundo era Brasil contra no sé quién… ¿No podía dejar de mirarlo?
     —Y… Viste cómo son los hombres con el fútbol…
     —Y encima el estúpido me pidió que el mate lo siguiera cebando yo…
     Me di cuenta de que Tortonese me estaba mirando. Me hice el boludo y seguí copiando las ecuaciones del pizarrón. Pensé que en el recreo me iba a decir algo, pero no lo hizo. Ni en ese ni en el segundo.
     —¿Dónde vivías vos? —me preguntó cuando salimos.
     —En Maipú. A dos cuadras de la quinta.
     —Ah, cierto… Entonces podemos agarrar por Yrigoyen, boludo… Me acompañás hasta la parada del ciento ochenta y cuatro y después vos seguís…
     —Bueno, dale… Vamos hasta la casa de él y doblamos —dije refiriéndome a Maidana.
     Angeleri ya no nos acompañaba. Decía que se tomaba el ciento sesenta y uno para ir al estudio del padre. En realidad se volvía a su casa con el mismo bondi de siempre, pero, en vez de ir a la avenida por Arenales, lo hacía por San Martín. Lo descubrí por casualidad un día que fui para ese lado. Los dos nos hicimos los boludos. En el colegio nos hablaba lo justo y necesario. Maidana seguía actuando como si nada hubiese pasado.
     En la parada Tortonese me tendió la mano, pero le dije que lo bancaba hasta que viniera el bondi.
     —Che, qué caaara… —me dijo después de unos minutos de silencio.
     Esta vez tenía ganas de que me preguntara.
     —Cómo te tiene Lezcano, eh… —Me palmeó la espalda—. Ya te dije: esas cosas no se me escapan, boludo…
     Me quedé callado.
     —Uy, vos estás mal en serio… ¿Ya la encaraste?
     Negué con la cabeza.
     —¿Y qué esperás?
     —Anda atrás de otro pibe… ¿No la escuchaste?
     —¿Y? Más razón para que te apures, boludo…
     No le respondí.
     —Además, por lo que escuché, el pibe no le da pelota. En realidad tendrías que estar contento con lo que dijo hoy. La mina está enojada. Tarado, le dijo.
     —Pero está enamorada…
     Tortonese se rió.
     —Enamorada… ¿Sabés cuánto le dura el amor a las minas? Dos días…
     No le respondí.
     —Te gusta en serio, ¿no?…
     Asentí.
     —Quiero decir: no es que nada más la querés para coger…
     Negué con la cabeza.
     —Te entiendo; a mí Macarena también me gustaba en serio.
     No dije nada.
     —No me creés, ¿no?
     —¿Por qué no te voy a creer?
     —Por lo que le conté a Boglioli. No sé por qué lo hice… En realidad sí sé. Yo pensé que era mi amigo y le quise contar lo que me había pasado. Yo no lo viví como sexo y nada más; Macarena era muy importante para mí. Y por culpa de esos hijos de puta la perdí.
     Llegó su colectivo pero lo dejó pasar.
     —Además yo no dije que antes de fin de año me la garchaba; dije que antes de fin de año seguro que lo hacíamos.
     Se quedó pensando.
     —Hablo de Boglioli y mirá qué buen amigo que soy yo; te pregunto por vos y me pongo a hablar de mí… Vos haceme caso: tenés que encararla y cuanto antes. Ni pienses en el otro pibe. Además vos tenés un punto a favor: no te gusta el fútbol.
     Se rió. Sonreí.
     —Por lo menos te hice cambiar la cara —dijo.
     —¿Y si me dice que no? —le pregunté.
     —Le insistís. Que no agarre viaje a la primera no quiere decir que no lo vaya a hacer más adelante. ¿Sabés lo que tuve que insistir con Macarena? —Se quedó callado unos segundos—. Para que después venga un hijo de puta como el Tano y lo arruine todo… —Me miró y se rió—. ¡Te estoy re-alentando, eh!… Uy, ahí viene otro. Este me lo tomo porque si no, voy a tener que esperar como media hora. —Me palmeó el hombro—. Bueno, Olarticoncha… Cambiá esa cara que con tantas minas en el mundo, no vale la pena angustiarse por una.



     Esa noche traté de seguir con la lámina. Puse todas las cosas sobre la mesa, me senté y me quedé mirando el dibujo. Después de estar así un rato largo, me tiré en la cama. No me sentía con ánimo para nada.

miércoles, 13 de julio de 2011

32


     —¿Y por qué no la sacaste para comprobarlo?
     Angeleri me miró con bronca.
     —¡¿No podés hablar en serio una vez en tu vida?! —me dijo.
     —Bueno… Calmate, es una broma…
     —¡Te quisiera ver a vos en esa situación! ¡A ver si te reirías tanto!…
     ¿Por qué no te vas a la mierda, mogólico?, pensé, pero no dije nada.
     Justo llegó su colectivo. Lo paró y se subió sin saludarme.
     Lezcano y Domínguez cruzaban la avenida.
     —¿Estás bien? —me preguntó Lezcano cuando me vio.
     —Sí —le respondí.
     —¿Vas para lo de tu amigo?
     —Sí.
     Empezamos a caminar. Ellas venían hablando del bebé que había tenido la hermana de Domínguez. Yo las acompañaba en silencio, pensando en lo de Maidana.
     —Che, ¿seguro que estás bien, Miguel? —me preguntó Lezcano después de algunas cuadras—. Tenés una cara…
     —Sí… Estoy un poco cansado nomás. Hoyy… hoy dormí mal.
     —No será por lo de tu amigo, ¿no?
     —No. Al final lo de la casa se solucionó.
     Mejor así. A ver si tengo que cortar otra charla para ir a consolar al maricón de mi amigo…
     —Qué suerte…
     —Sí.
     Caminamos un par de cuadras sin hablar.
     —¿Mañana vendrá la de geografía? —preguntó Domínguez.
     —Para mí que no —respondió Lezcano.
     —¿Por? —le pregunté.
     —Cierto que vos faltaste… ¿No te contaron nada?
     Lo único que me contaron es que Maidana le quiso chupar la pija a Angeleri, pensé, pero solamente negué con la cabeza.
     —No sabés lo que le hicieron… Pobre mujer… Mikaela y Pasco pintaron una toallita femenina con marcador rojo y se la pusieron en la silla. La profesora no se dio cuenta y cuando salió del aula se la llevó pegada en la pollera.
     Estuve a punto de reírme pero me contuve. Puse cara de circunstancia.
     —Después parece que alguien le avisó. Jerónimo nos contó que estuvo llorando como media hora.
     Ahí no me causó tanta gracia.
     —Uy, pobre mina…
     —No pudo seguir con las clases que tenía que dar. Se tuvo que ir a la casa.
     —Son unas zarpadas —dijo Domínguez.
     —Otro que se zarpó fue Tortonese —dijo Lezcano después de unos segundos—. Esas cosas no se hacen… Está re-mal Macarena…
     —Todos los hombres son iguales —dijo Domínguez—. Parece que hicieran esas cosas para contárselas a los amigos.
     Lezcano me miró pero no dijo nada.
     Cuando llegamos a Roca, Lezcano siguió con nosotros. Había tomado por costumbre acompañarnos hasta Las Heras las veces que yo visitaba a mi amigo imaginario. Después yo doblaba y ella pegaba la vuelta. Esta vez surgió un imprevisto.
     —Hoy voy con vos; tengo que llevarle unos CDs a una amiga de mi hermana que vive para ese lado.
     —Ah… Bárbaro…
     ¿Y ahora qué mierda hago?
     Nos despedimos de Domínguez y agarramos Las Heras.
     Tal vez dobla antes…
     —¿Dónde vive la amiga de tu hermana?
     —Sobre esta. A dos cuadras de lo de tu amigo para el lado del río.
     No, no dobla antes. Por Dios, ¿qué hago?… Tengo tres cuadras para pensarlo.
     Pensé.
     La saludo y hago como que voy a entrar a una casa pero me quedo en el porche. Después espero a que se aleje.
     ¿Y si justo sale alguien?
     Le digo «Perdón, me equivoqué».
     ¿Y si no me dio tiempo a que ella se aleje y cuando salgo me ve? Voy a quedar como un boludo… O como que estoy loco…
     Pensé en otras opciones, pero a todas les encontraba alguna falla.
     Qué pelotudo que soy… Lo que tengo que hacer es decirle la verdad: que mi amigo no existe. Que es una excusa para estar con ella un rato más.
     La miré.
     Me miró y sonrió.
     Sonreí y miré para adelante.
     No puedo.
     Faltaba media cuadra.
     ¡Porrr Dios! ¡¿Qué hago?! ¡¿Qué hago, qué hago, qué hago?!
     —¡Uy!
     Frené en seco y me llevé una mano a la frente.
     —¿Qué pasó?
     —Qué boludo… Este pibe hace taekwondo los viernes. No vuelve hasta tarde.
     ¿Algún viernes las acompañé hasta acá? Si me dice algo, le digo que empezó hace poco.                                                                                                                             
     —Cómo me olvidé… Debe ser por el sueño… Si querés, te acompaño hasta lo de la amiga de tu hermana y después volvemos juntos.
     Dudó.
     —¿A ver? Pará…
      Se puso a revisar la mochila.
     —¡No te puedo creer! —dijo, y se rió—. ¡Me olvidé los CDs!
     —¿En el colegio?
     —No, en mi casa. Voy a tener que volver.
     Pegamos la vuelta.
     —Qué casualidad —dijo—; nos pasó algo parecido… Bueno, por lo menos paseamos un rato.
     El resto del trayecto lo hicimos en silencio. En la esquina de Roca nos despedimos.
     —Que descanses bien esta noche.
     —Gracias.
     Me fui tranqueando despacio.
     Qué casualidad… Demasiada…
     ¿Y si lo de la amiga de la hermana era mentira?
     Pensé.
     Cualquiera… Mirá si va a hacer lo mismo que yo…



     Maidana abre la puerta. «Pasá», me dice. Entro y me siento en un sillón. Sentado en otro está Angeleri. Maidana se arrodilla frente a él y le dice: «Sacala que te la chupo». Angeleri obedece. Miro la casa. Me doy cuenta de que está cambiada. Parece una mezcla entre la casa de Maidana y la de mi abuela. «Paso al baño», le digo a Maidana. «Pasá.» No sé cómo lo hace, pero me lo dice sin dejar de chupar. El baño es distinto, todo blanco. Me recuerda a un hospital. En el piso y en la bañera hay gatos muertos. Son todos deformes; tienen la parte de atrás demasiado grande y la cabeza demasiado chica. Me extraña que Maidana no me haya contado que tenía tantos gatos. Vuelvo al living para preguntarle por qué nunca lo hizo. Cuando Angeleri me ve, me pide que le alcance el antiséptico bucal. Maidana deja de chupar, se levanta y me mira. «¿Y? ¿Es o no es puto?», me pregunta con la voz de Angeleri. En ese momento descubro que tiene la boca en posición vertical. La abre y su lengua se estira. Está a punto de tocarme la cara.
     Me desperté agitado. La luz de la luna se filtraba por las rendijas de la persiana.

viernes, 8 de julio de 2011

31



     —Qué linda remera… ¿Dónde la compraste?
     —Me la regaló Daniel.
     —¿En serio? Qué raro que tenga tan buen gusto siendo hombre. Es re-linda…
     —Estoy segura de que la eligió Marta, pero no me importa. Es el gesto…
     —¿Y te la regaló así porque sí?
     —El otro día me había pedido prestada la bicicleta porque la suya estaba rota. Me dijo que me la regalaba por eso, para agradecerme.
     —¡Aay, qué duuulce!… Entonces hay onda, boluda…
     —Me parece que sí…
     —¿Al final fuiste al ensayo el otro día?
     —Sí.
     —¿Y? ¿Estuvieron solos en algún momento?
     —No…
     —Qué bajón, boluda… Lo mismo que la otra vez…
     El día que habían salido a correr, antes de llegar a la quinta presidencial se les había sumado un amigo de Daniel. Como vivía en el mismo edificio que ellos, los había acompañado durante todo el trayecto.
     —Igual me re-divertí. No sabés qué bien que toca… Todo lo que hace lo hace bien.
     —Te falta averiguar, boluda…
     Las dos se rieron.



     Todo lo que hace lo hace bien… ¿Cómo puedo competir con ese tipo? No me la imagino hablando así de mí.
     —No sabés cómo dibuja… Y es tan lindo… Todo flaaaco, lleno de graniiitos y con unos anteojos así de gruesos.



     A la izquierda de Bresciani está Landeira. De apodo le habían puesto Cabecilla, porque tenía la cabeza demasiado chica en proporción al cuerpo.
     Al lado de ella está Onzari. Le decían Pescadito porque tenía la boca chiquita y los ojos grandes. Era una de las más atractivas.



     Onzari salió llorando. Después de unos segundos salió Tortonese y la alcanzó a mitad de cuadra. Se pusieron a discutir otra vez. Tortonese gesticulaba con violencia. Ella empezó a caminar de nuevo y él la agarró del brazo. Ella se zafó y salió corriendo. Tortonese dio dos pasos, pero después se detuvo. Se la quedó mirando mientras ella se alejaba.
     —Estaba llorando… —me dijo Maidana.
     Asentí con la cabeza.
     —¿Qué habrá pasado?
     Puse cara de no saber.
     Tortonese vino al trote.
     —¡¿Ya salió Caferri?!
     —Sí.
     —¡Aguantame que veo si la alcanzo para que me diga qué le pasa a esta boluda!
     Se fue corriendo para el lado de la Avenida San Martín.
     Salió Angeleri.
     —¿Vamos? —nos preguntó.
     —Yo me quedo —le respondí—. Lo tengo que esperar a Tortonese. Quiere sacarle fotocopias a mi libro de historia para la lección de mañana.
     —Te bancamos, boludo…
     —No hace falta; no se preocupen. Lo espero un rato y si no viene me voy a la mierda.
     —Como quieras.
     —Los acompaño hasta la esquina.
     Nos despedimos y me quedé esperando. Al rato llegaron algunos de los pibes. Habían comprado una Coca-Cola en el quiosco de la vuelta.
     —¿Qué hacés, Olarticoncha? ¿Esperás a alguien?
     —A Tortonese. Tenemos que fotocopiar un libro.
     —Ah… ¿Te tomás una coca?
     —Dale.
     Siempre nos sentábamos en el cantero de la misma casa.
     —Ahí viene —dijo Javier.
     Algunos se rieron.
     —Mirá la cara que tiene…
     Vino directo al Tano y se le plantó enfrente.
     —¡¿Qué andás boqueando, tano hijo de puta?!
     El Tano se reía.
     —¿Yoo? Nada… ¿Por qué?
     Tortonese se le fue al humo, pero Boglioli lo interceptó.
     —Tranquilizate, boludo…
     Tortonese se lo sacó de encima de un empujón.
     —¡¿Qué tranquilizate, conchudo de mierda?! ¡¿Todavía tenés cara para hablarme?! ¡De este me podía esperar cualquier cosa, pero de vos…! ¡Pensé que eras mi amigo!
     Boglioli sonreía pero miraba el piso.
     —Frens chu bi frens… —cantó el Tano. Tortonese se le tiró encima. Antes de que pudiera alcanzarlo, Benzaquén lo sujetó.
     —Calmate, boludo… Estamos en la esquina del colegio…
     Tortonese intentó zafarse sin lograrlo.
     —¡Esta vez te zarpaste, hijo de puta!
     —¿En serio? ¿Y entonces qué? ¿Vas a pegarme?
     —¡Dejá de bardearlo, loco! —dijo Benzaquén.
     El Tano se seguía riendo.
     —Si querés, vamos acá a tres cuadras y te bajo esos dientes feos de conejo que tenés.
     —¡¿Qué vas a hacer?! ¡¿Me vas a pegar de atrás como al Balín?!
     A nadie le había cerrado lo de aquella vez, pero Tortonese era el primero que se lo decía en la cara. Al Tano no pareció afectarle.
     —Si querés a vos te pego de frente, gil.
     —¡¿Por qué no la cortás, pelotudo?! —dijo Benzaquén—. Un día te van a romper la jeta.
     —Voy juntando plata para la cirugía, entonces —dijo el Tano.
     Benzaquén lo miró con desprecio. Se lo llevó a Tortonese a mitad de cuadra y le habló hasta que logró tranquilizarlo. Después Tortonese se fue para el lado de lo de Onzari.
     Más tarde le pregunté a Javier qué había pasado.
     —Tortonese le contó a Boglioli que le chupó las tetas a Pescadito. Y que le metió un dedo en la concha. El boludo se pensó que no se lo iba a contar a nadie…
     —¿Y el Tano se lo dijo a Pescadito?
     —Sí. Y le dijo que Tortonese andaba diciendo que antes de fin de año se la garchaba.

lunes, 4 de julio de 2011

30

     Angeleri había cumplido años durante las vacaciones. Maidana lo había saludado por teléfono, pero el regalo recién se lo dio cuando comenzaron las clases.
     —¡Feliz cumpleaños! —le dijo tendiéndole un alfajor.
     —¡¿Qué, Balín?! ¡¿Cumpliste años?!
     Angeleri lo miró a Maidana con bronca.
     —¡Feliz cumpleaños, Balín!
     Todos se le fueron encima. El alfajor quedó aplastado en el piso.
     Cuando llegó Tortonese, nadie lo saludó. Ni siquiera Boglioli. Algunos se reían por lo bajo. Esperaron a que se sentara en su banco y todos se sentaron en la otra punta del aula. Se mataban de la risa.
     —Qué graciosos que son, eh… Qué vivos… Parecen pendejos de primaria.
     —¡Mirá: preferimos sentarnos con los putos antes que con vos! —dijo el Tano, y todos se rieron.
     Yo me quedé donde estaba.
     —¡Vení, Olarticoncha! ¡Dejalo solo!
     Sonreí pero no dije nada.
     —Olarticoncha es el único maduro —dijo Tortonese.
     Yo no tenía ningún problema con Tortonese, pero, si tengo que decir la verdad, la principal razón por la que me quedaba era Lezcano.
     —Lo que pasa es que Olarticoncha es demasiado bueno —dijo el Tano.
     Algunas de las chicas se quejaron del cambio de bancos, pero los usurpadores se negaron a volver a los suyos. Los únicos varones que quedamos del lado izquierdo fuimos Tortonese y yo.
     —¿Me puedo sentar al lado tuyo? —me preguntó.
     —Bueno —le respondí.
     Fiorentino y Olivera siempre habían estado del lado derecho. Maidana y Angeleri también. A ellos dos, la nueva distribución de alumnos no los había favorecido para nada. Ahora tenían al Turco y al Tano detrás.
     —¡Miguel! —exclamó Lezcano en cuanto me vio—. ¡Gracias por la caaarta!
     Me dio un beso.
     —Tenía ganas de contestártela, pero no sabía si te iba a llegar a tiempo… 
     —Si la mandabas enseguida, sí. Pero no importa.
     —Qué linda sorpreesa… No sabés lo contenta que me puse. Qué pena que no te la respondí…
     —No te preocupes…
     La primera hora fue de geografía. En un momento me di vuelta porque escuché que el Tano y el Turco se reían por lo bajo. Se escupían el dedo mayor y, sosteniéndolo con el pulgar, lo usaban como catapulta para tirar la saliva. Todos los proyectiles iban a parar a las espaldas de Angeleri y Maidana. Tanto se reían que Angeleri se dio vuelta para ver qué pasaba.
     —¿Qué mirás, Balín? —le dijo el Turco, y le metió un garzo en el medio de la cara.
     En el primer recreo fui al baño. Estaba meando y entró Tortonese.
     —Che, Olarticoncha… ¿Qué onda con Lezcano?
     —¿Eh?
     —¡No te hagás el boluuudo! Mucha cartita, mucho besito… Dale, contá.
     —Nada que ver, boludo… Es una amiga…
     —¡Amiga! ¡Andáaa! —Se rió—. A mí esas cosas no se me escapan, boludo… —La imitó a Lezcano—. Qué lindo dibujiiito… Mirá qué feo es el míiio…
     Hizo puchero y se cagó de la risa.
     —Hablamos de dibujo… ¿Qué tiene que ver?
     —Dale, Olarticoncha; no te hagás el boludo que no te sale. Contame lo de la carta. Te juro que no se lo digo a nadie.
     —No hay nada que contar, Tortonese. Le escribí una carta desde La Pampa para saludarla y contarle del viaje. Nada más.
     —¿Nada más?… No te creo. —Se rió—. Te tendrías que ver la cara… Mirate. Mirate en el espejo.
     —Qué pesado que sos, Tortonese…
     Abrí la puerta y me fui.



     Yo le tengo que decir algo; no puedo ser tan boludo…
     ¿Qué le voy a decir si anda atrás del pibe ese?
     Pero todavía no pasó nada…
     No pasó nada… Que yo no me haya enterado no quiere decir que no haya pasado. ¿Cómo puedo saber que no pasó nada en las vacaciones? O cuando salieron a correr juntos.
     ¿Y si pasó algo, qué? Esas son excusas nada más. Acá el problema es otro. El problema es que no me animo a hablarle. Estoy dele hacerle dibujitos y no le digo nada. A las minas les gustan los tipos que van de frente.                    
     Yo no soy ese tipo de hombre. Parezco un nene. Un nene mogólico… ¿Por qué me cuesta tanto? A los pibes normales les es tan fácil… Se va a ir con ese Daniel y yo me voy a quedar solo… ¿Cómo puedo competir con ese tipo?
     Me quedé pensando un rato largo, acostado en la cama.
     Le voy a hacer un dibujo… Pero no un dibujito así nomás; le voy a hacer una lámina. ¿De qué puede ser?… De animales. A ella le gustan los animales que dibujo. Puedo hacer una lámina llena de animales. Los copio de fotos.
     Desde chico venía juntando todas las fotos de animales que encontraba en las revistas. Las recortaba y las guardaba en una carpeta.
     Y le escribo una dedicatoria… Y en la dedicatoria le digo algo, no como en la carta esa de mierda que le escribí. Entonces, cuando la lea, me va a mirar y me va a preguntar algo. Y no me va a quedar otra que decirle la verdad.



     Al lado del Turco está Benzaquén, el más alto del curso. Creo que está por bostezar. Tiene un gesto tan raro que parece otra persona. Si no fuera por la nariz de boxeador, no se lo reconocería.



     Benzaquén le pateó la pierna a Angeleri. Angeleri rodó por el piso y varios se rieron. Lo venían haciendo desde que había empezado el partido. Jugando al fútbol, a Maidana no lo jodían tanto. Creo que porque jugaba bastante bien.
     Yo me había sentado al costado y desde ahí miraba. Así estuve hasta que el profesor se me acercó.
     —¿Usted no juega?
     —No.
     —¿Por qué?
     —No me gusta.
     —¿Sabe lo que pasa? Esto es parte de la clase también, tanto como los ejercicios. Que los muchachos se estén divirtiendo no significa que sea recreo.
     Me levanté con desgano.
     —¿Nunca juega al fútbol?
     Negué con la cabeza.
     —¿Y qué hace además de venir al colegio?
     Me hago la paja, viejo de mierda, pensé, pero le dije:
     —Dibujo.
     —Hay que hacer alguna actividad física también…
     Me dispuse a entrar a la cancha, pero prosiguió.
     —Además el fútbol es un deporte social; es una forma de relacionarse con los demás. Tiene que interactuar con sus compañeros…
     Me lo quedé mirando.
     —Vaya —me dijo.
     Entré a la cancha.
     —¡Esa! ¿Vas a jugar? —me preguntó el Gato.
     —Sí. El viejo de mierda quiere que juegue…
     El Gato se rió.
     —Vení con nosotros que nos falta uno.
     Angeleri se había cansado de que lo patearan y había pedido ir al arco, pensando que con esa iba a zafar. Ahora los pibes jugaban a pegarle con la pelota. Le habían puesto puntaje a cada parte de su cuerpo. Los más altos los tenían las bolas y la cabeza. Hasta los de su propio equipo le tiraban cuando el profesor miraba para otro lado. En un momento le pegaron un pelotazo en la cara y empezó a sangrar por la nariz. Todos se rieron.
     —¡Nooo! ¡Pinchaste la pelota, Balín!
     Angeleri se fue al baño con la cabeza para atrás.
     —A partir de la semana que viene, va a haber cambio de horarios —nos dijo el profesor antes de que nos fuéramos—. La clase va a empezar una hora más tarde.
     Camino a la avenida, después de habernos despedido de Maidana, Angeleri me preguntó:
     —¿A vos te va a dar el tiempo para volver a tu casa a ducharte?
     —Sí. Raspando pero llego…
     —Yo no llego ni a palos. No sé qué mierda voy a hacer… Voy a tener que estar todo el día transpirado.

viernes, 1 de julio de 2011

29


     Llovía.
     Pasé frente a su casa. Justo estaba saliendo.
     —Cristian…
     Me miró.
     —Miguel… ¿Cómo andás?
     —Bien —le dije, y seguimos andando.
     —Se te mojaron los anteojos. Tendrías que ponerles limpiaparabrisas.
     Se debe creer que es el primero al que se le ocurre el chiste, pensé, pero le sonreí.
     Dudé pero le pregunté:
     —¿Y vos? ¿Cómo andás?
     —Bien…
     Después de unos segundos prosiguió.
     —Si me lo preguntás por lo de Mikaela, ya se me va a pasar. 
     En la esquina de la escuela no había nadie; todos habían entrado antes por la lluvia.
     —Tenés que comprarte un limpiaparabrisas —me dijo Mendoza cuando me vio.
     Otro…, pensé, y le sonreí.
     Me senté.
     —Che, Olarticoncha… Esto es para vos —me dijo el Tano tendiéndome un paquete con forma de cajita de CD.
     —¿Para mí?
     —Sí, por tu cumpleaños.
     —Gracias, boludo, ¿pero cómo lo sabías?
     —Te lo preguntaron en el cumpleaños de Javier, ¿no te acordás?
     Abrí el paquete. Era un CD de Body Count.
     —¿Y esto?
     —¿No los conocés? Escuchalo. Vas a ver que te va a gustar.
     —¡¿Hoy es tu cumpleaños?! —me preguntó Lezcano.
     —Sí.
     —¡Feliz cumpleaños!
     Me besó la mejilla.
     Tano: te amo.
     —¿Por qué no avisás, tonto?
     —¿Para qué?
     —¿Cómo para qué? Así te traía un regalito…
     Ese día se la pasó haciéndome dibujitos y escribiéndome su nombre en la carpeta.



     Para las vacaciones de invierno mi vieja y mi hermana se fueron a la costa. Yo me fui a La Pampa, a lo de mi viejo. Ya habían pasado dos años desde que volviera a Santa Rosa, su ciudad natal, después de haber perdido el trabajo que tenía en Buenos Aires. Cuando mi viejo se iba a laburar y yo me quedaba solo en la casa, me ponía a pensar en Lezcano. A veces lo hacía escuchando Wish you were here de Pink Floyd. El cassette era de mi viejo. Lo único que entendía de la letra era el título: Desearía que estuvieses aquí. Me imaginaba que se lo decía a ella. También la recordaba cuando tenía puesta la radio y pasaban Roxanne de The Police. No sabía que la letra hablaba de una puta. Mientras escuchaba música, miraba los dibujitos que me había hecho.
     Se me ocurrió enviarle una carta, pero no me animé a escribirle nada de lo que sentía. Le hablé en tono humorístico del viaje y de mi estadía en La Pampa. En los márgenes le hice algunos dibujos. Me puso triste no recibir respuesta.



     Salgo de la tienda de campaña con cuidado de no despertar a los otros. Es tiempo de relevar a Thorba; lo calculo por la posición de la luna. Me enfundo en mi abrigo y comienzo a andar. Encuentro a Thorba junto al fuego. Apoyo mi mano sobre su hombro y voltea la cabeza para mirarme. Tiene aspecto de orangután, pero su piel es azul. De su boca sobresalen unos colmillos de jabalí y coronan su cabeza dos cuernos de carnero. Contrario a lo que inspira su apariencia, es de carácter apacible. Lo encontramos en el Bosque Muerto, días después de abandonar el pueblo de Galhor. Unas arañas gigantes lo habían capturado y estaban a punto de devorarlo. Luego de que lo rescatáramos, se unió a nuestro grupo. Solo faltan dos de los aliados que menciona la profecía.
     «Ve a dormir; tu turno ha terminado», le digo.
     Sonríe y dice algo en su extraña lengua. Creo que se refiere al frío. Ninguno de nosotros entiende sus palabras; sin embargo, él parece comprendernos. Me da una palmada en la espalda, dice algo más y se retira.
     Me siento junto al fuego. El silencio de la noche sólo es interrumpido de tanto en tanto por el grito de algún pájaro solitario. Comienza a nevar. Recuerdo la primera vez que vi la nieve, en unas vacaciones que pasamos en Córdoba. Lo primero que hizo mi hermana fue meterse un puñado en la boca. Me pregunto si alguna vez volveré a ver a mi familia.
     Un crujido a mis espaldas interrumpe mis cavilaciones. Tomo mi arco y me volteo.
     «No te asustes», dice ella. «Soy yo.»
     «¿Qué hacés acá afuera con el frío que hace?»
     «Estoy desvelada. ¿Te puedo acompañar?»
     «Como quieras.»
     Se sienta a mi lado. A la luz del fuego sus ojos brillan. Permanecemos en silencio durante largos minutos. Después ella suspira y, sin levantar la vista, me dice:
     «Nunca te agradecí lo de los tiburones.»
     «¿Qué?», le pregunto.
     «En el Camino de Piedra, la vez que saltaste a la arena para salvarme… Nunca te lo agradecí.»
     «No tenés nada que agradecerme; si no fuera por Fernández y Tortonese, estaríamos muertos.»
     «Eso no quita que hayas sido muy valiente; cuando saltaste del camino no sabías lo que iba a pasar y sin embargo te arriesgaste.»
     La miro. Está abrazando sus piernas y tiene el mentón apoyado sobre las rodillas.
     «No fue valentía», le digo. «Fue miedo.»
     Me mira intrigada.
     «Miedo de perderte.»
     Baja la vista nuevamente y se sonroja.
     «La idea de que te pasara algo malo me resultaba insoportable. En ese momento no medí los riesgos.»
     Ella suspira.
     «Además», le digo, «vos te caíste del camino por intentar defenderme del Turco. Yo también te lo tengo que agradecer».
     «Yo sentí lo mismo que vos», me dice ella.
     Por un momento nos quedamos mirando el fuego. Un temblor recorre su cuerpo. Me aproximo a ella y la estrecho entre mis brazos para protegerla del frío. Por fortuna, en este universo no existe Domínguez.
     «Roxana», le digo, y me mira. Nuestras caras están muy cerca. «Te amo. Te amo con toda mi alma. Te amo desde que te conozco.»
     Entonces la beso y todo se disuelve.